
Eran tiempos bárbaros en el Cisneros. Por fin habían acabado mis exámenes, aunque lo cierto es que no me había privado de mis algaradas nocturnas un solo fin de semana de los precedentes. El jueves hicimos botellón los de clase, conseguí incluso que la profesora de Publicidad nos deleitara con su presencia al inicio del mismo. La mayoría de gente que salimos aquella noche era de fuera de Madrid o tenían que viajar a sus respectivas ciudades a la mañana siguiente.
Mi vida ha cambiado mucho con el paso de los años. Así como en el aspecto sentimental uno va pasando de los besos en la mejilla a los picos, de éstos a los morreos, del morreo al magreo y de éste a la cama, en las relaciones anónimas pasé de las cartas a los emails y de éstos a las videoconferencias. Recuerdo aquellos meses desaforados de escritura sin tregua, cuando mantenía correspondencia con gente de todo el país. Llegué a conocer a Diana, cuando viajé hasta Albacete y al final, para variar, fui descubierto. También a Vero y a Susana, en Madrid, el día en que formalicé la matrícula de mi primer curso en la gris y morganática facultad de Ciencias de la Información. Aun así, de modo natural, fluido e inicialmente inexplicable, el contacto escrito, telefónico e incluso fotográfico con todas aquellas personas fue perdiéndose poco a poco. Apenas me carteaba ya con tres o cuatro de ellas.
Precisamente ese día fue el cumpleaños de Auxi, la chica de Cádiz. Le llamé por teléfono y hablamos sobre temas y aspectos más que previsibles. Las charlas telefónicas con desconocidos dan mucho campo de juego a la imaginación, digamos que no son tan insustanciales como las mantenidas con los vecinos en el ascensor ni tan profundas como las entabladas con un amigo íntimo. Cumplía 18 primaveras. Qué lejos quedaban en el tiempo aquellas fotos de uniforme tomadas en el jardín de su casa, (el césped sin cortar) cuando iba al colegio de monjas, cuando era delito ir con la falda por encima de las rodillas; incluso maquillarse. Vivimos aún en tiempos de inquisición moral.
Habíamos quedado todos en la puerta principal del intercambiador de metro, en Moncloa. Por aquellas fechas aún no estaban prohibidos los botellones, aunque los basureros hacían horas extras para limpiar los escombros alcohólicos y escatológicos generados por una multitud desinhibida e incontrolada. Pasé por el cuarto de Beñat para dar el retoque final a tanto alarde de apariencia por mi parte. Nos entendíamos a las mil maravillas. Yo me encargaba de recoger su ropa de la lavandería y él me brindaba un poco de Armani, para atraer a las hembras en una época en la que Jacq,s quedaba obsoleto y el efecto Axe aún no había efectuado su puesta en escena.
Nos juntamos aquel viernes poco más de 50 personas, que fueron desperdigándose en pequeños grupos de no más de 7 u 8 integrantes. El desarrollo de la fiesta discurrió dentro de los cánones de la normalidad hasta que, a eso de las 3 de la madrugada, cuando la personalidad de cada cual apenas otorgaba espacio para cierto atisbo de inteligencia o lucidez mental, llegamos a la puerta de Inn, clavando los ojos en el suelo para que el brillo de nuestras pupilas no nos delatara ante la meticulosa mirada de los porteros.
La discoteca estaba atestada de gente, había que hacer oposiciones para acceder al cuarto de baño, incluso al de hombres. El juego de luces, el propio tumulto y nuestro baile al compás de la música, nos confería cierto anonimato. Sin saber por qué, me presenté a un chica de apariencia germana, que finalmente resultó ser oriunda de Vallecas. Estaba acompañada por amigos y amigas, aunque fuimos distanciándonos, inconscientemente, del entorno. Nuestras manos, a un punto, se rozaron. Mis inocentes palabras, mis tópicos chistes de siempre, suscitaron en Miriam (que así se llamaba) cierto grado de duda.
-¿Cuántos años tienes?.
-19, ¿y tú?.
-23.
-¿Por qué me preguntas la edad?.
-No, por nada, por nada...
Creo que esa noche mi actitud hacia las mujeres era radicalmente opuesta a la habitual. Yo que siempre hablaba y hablaba sin parar, yo que siempre trataba de mostrarme transparente, de comunicar el máximo de ideas y puntos de vista en el primer encuentro, aquella noche hablaba menos, imprimía cierto aura de misterio a mis respuestas y me dejaba llevar antes que tomar la iniciativa.
-Tú pareces muy espabilado para tu edad...
-En qué te basas.
-Estás aquí cogiéndome la mano, a lo tonto, como si no me diera yo cuenta...
-Las apariencias engañan.
-Mira, estamos aquí los dos juntos bailando, los dos somos personas adultas y si nos tenemos que
dar un beso pues nos lo damos, ¿no?.
Dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos estaba abrazándola, besándola, arrinconándola contra la barra principal de la discoteca. Perdidos entre la masa, nuestras manos jugueteaban, descubriendo nuevos horizontes. Sus labios sabían a Dyc- cola. El recuerdo más vivo que de ella ahora tengo era el sabor de sus besos.
Era alta y delgada, de cuerpo enjuto pero bien formado. Sus pechos cogían en la palma de la mano y eran duros como pomelos. Pero su rostro era extraño: tenía la misma sonrisa que el comodín en el póker, la nariz aguileña y los labios finos como alambres de carne. Sus ojos eran muy azules y su piel ocultaba su palidez bajo una tenue capa de maquillaje. Tu forma de ser, Miriam, a primera vista, era convencionalidad intelectual llevada al extremo. Sin embargo yo, aquella noche, no buscaba Psicología en tu cuerpo.
Empleaste más de media hora en regresar del cuarto de baño, aunque Pablo vino a advertirme de que te estabas dando el palo con otro en el extremo opuesto de la discoteca. No te lo reproché, al menos no con palabras. Mis manos hablaron por mí en cada confín de tu anatomía. Recomendabas mesura ante tal ausencia de discreción, aunque nunca rechazaste mis profundas caricias ni mis húmedos besos.
Estuve algo más de hora y media sin separarme de Miriam, ambos unidos por el cordón umbilical de nuestras lenguas jugueteando en paladar ajeno, atraídas las yemas de los dedos por el cálido tacto de nuestros cuerpos. Eran las seis de la madrugada y la discoteca estaba a punto de cerrar sus puertas.
Te adelantaste a tu grupo de amigos en la calle, caminábamos ligeramente más allá de la próxima esquina y nos besamos en cada portal. Sonreías pícaramente y me mirabas con lascivia. Precisamente por mi sutil pasotismo te tuve, sin quererlo, a mi merced por un instante. Llegados hasta la boca de metro, anoté mi teléfono en un pañuelo que guardaste en tu bolso de napa. Tu geografía corporal era proclive a padecer terremotos de erotismo, sensuales huracanes de deseo. Tu rostro a la luz del nuevo día era poco atractivo, estaba curtido por el paso de los años que quizá tan sólo en él hicieron mella. Pero al besarte cerraba los ojos, ponía mis cuatro sentidos en aquel instante y los cinco en el resto de tu talle.
Llegué al colegio, rayando el alba, a eso de las 7 de la mañana. Mientras el portero aguardaba, en el quicio de la puerta, su relevo. En el Transiberiano aún hacía frío, eran 20 eternos metros de gélido pasillo. En la habitación el ambiente era más acogedor. Anduve recogiendo la ropa desordenada que estaba sobre la cama por espacio de diez minutos. Busqué la funda del cepillo de dientes; finalmente apareció, aunque extravié el cepillo. Demasiado caos, demasiados cachivaches. Pero casi era mejor dormir en medio de esa tensa atmósfera desordenada; mi cuerpo, con o sin orden, caería rendido sobre la cama plegable. Eran momentos de pensamientos abiertos e ideas sin hilvanar, momentos de escasa cordura, de falta de sueño y de hambre de almohada.
Súbitamente, aún sin desvestirme, tras incorporarme, empecé a introducir efectos personales en mi nueva mochila. Al amparo de lo ilógico, una hora después estaba, en la ventanilla 25 de la estación de Méndez Álvaro, adquiriendo un billete de ida y vuelta hacia Algeciras. El autobús partía de las dársenas de la planta baja en apenas unos minutos. Nueve horas de viaje, aproximadamente 800 kilómetros de reflexión, de desquiciada ruta sorpresa, rumbo a latitudes desconocidas. Me apetecía, Auxi, felicitarte en persona, más allá de las misivas y del hilo telefónico.
Tu recuerdo alimentó la espera en un viaje sin películas ni asientos reclinables. La primera de tus cartas llegó a mi buzón con tus 16 años recién cumplidos; olía a perfume dulce, era sutil y sugerente al mismo tiempo. Era como tú, cándida mujer, niña madura, un abanico de cualidades diversas, solapadas en armonía. Tu forma de ser era el cuerpo de un árbol con alma de bonsái. Tus fotos, tus llamadas, tus sequías y crecidas... Eras como un río de caudal imprevisible, de cauce perenne y sueños caducos. Habías cambiado en apenas dos años, ya no eras aquella chiquilla de uniforme que modosa posaba en el jardín mal cuidado de tu casa. Ahora fumabas y bebías, aunque me costase dar crédito a tu salud pervertida. Ahora eras una chica de instituto, una flor de loto en medio de La Castellana. Eras el día en mi ilusión, avanzando en su hora, con idéntica luz pero desde diverso enfoque. Era lógico pero absurdo al mismo tiempo proyectar mis sensaciones, mis intuiciones acerca de ti, más allá del plano imaginario. No buscaba el lienzo. Buscaba lo que en él el destino había ido retratando, más allá de nuestros sueños y anhelos.
Pienso demasiado las cosas, pero no antes de hacerlas sino mientras las voy haciendo. Es como si dudase de mi primer impulso. Infinidad de paranoias circularon por mi mente durante aquel puñado de horas. Era la sensación de incertidumbre ante unos resultados remitidos en sobre cerrado. En mi cabeza tú eras el momento de apertura de ese sobre.
Dormí a ratos, con el cuello destrozado por tanta curva, sobre todo en el Despeñaperros. Pasé cerca de Jaén y de Granada. Recorrí la costa malagueña y parte de la gaditana. De lejos, Marbella, no parecía gran cosa. Cádiz era sencillo, azul y blanco. Inmaculadas fachadas de adobe y de piedra, cielo huérfano de nubes y viento del Estrecho en la ventana. Ceuta y Melilla, los albores de África tan cerca... Aquí, tan al sur, la luz es diferente. Un sol de plastilina estaba a punto de ocultarse tras las colinas.
El autobús llegó a la estación de Algeciras ligeramente pasadas las siete de la tarde. Vestía bermudas y camiseta de algodón, la temperatura era agradable pero la humedad calaba hasta en los huesos. Tanto magrebí embutido en chilabas de múltiples colores me sugería un ambiente ciertamente exótico, desconocido y trepidante. Algeciras era puerto de peaje, el hachís y las drogas menores campaban a sus anchas en boca de más de uno que, guiñándome un ojo, me las ofrecía. Era mejor no responder a gente de sospechosa apariencia que preguntaba cosas insustanciales. Eché a correr cuando un individuo, reloj digital en mano, se acercó apresuradamente hacia donde yo me encontraba, preguntándome la hora.
Tenía que coger otro autobús hasta Los Barrios. Apenas 3 kilómetros monte a través, o cinco por carretera, me separaban de aquel pueblecito. Para los oriundos de la zona todo cuanto me rodeaba era lo habitual, cada cual acaba adaptándose a su ambiente y entorno. Quizá allí había mayor delincuencia, mayor picardía, mayor caos que en mi ciudad. Deseché la posibilidad de aprovechar las últimas horas de luz en caminar por aquellos parajes desconocidos y me monté en el primero de los autobuses que hasta allí, cada media hora, arribaban.
La parada estaba ubicada en la esquina de una heladería, en una calle sobria y de precario alumbrado. El billete era bastante caro, algo más de trescientas pesetas entre la ida y la vuelta. Los asientos, según avanzaba hacia el final del pasillo, presentaban un mayor grado de deterioro. Me senté donde siempre, al fondo a la derecha. Me gusta contemplar a la gente desde la distancia; el paisaje, desde la última fila, un palmo más elevado que el resto. La ruta surcaba un valle de suaves colinas tapizadas de césped y margaritas. El río Palmones quedaba a la derecha después de atravesar, por un puente, su exiguo curso.
Diez minutos escasos tardé en llegar hasta el pueblo de Auxi. Ciertamente, Los Barrios era pequeño, como si de un barrio turolense se tratara. Allí todo eran casas pequeñas, ecos de rumores, sutil bullicio, recogido en los hogares. La temperatura era agradable, pero la humedad seguía haciendo mella en mi cuerpo enjuto, maltrecho por tantas horas de autobús, de tortuosas carreteras y rígidos asientos.
Apenas había unas cuantas farolas en todo el pueblo, farolas de luz difusa y apocada. Ladridos, ruido de bujías en la letanía, voces extrañas y rumores de fadango en las tascas y tabernas, constituían la única y desconcertante banda sonora en el ambiente. Pasé junto al restaurante de tus padres, donde tú servías comidas cada fin de semana. Seguro que tenías clientes fijos, clientes que tomaban un carajillo a tu salud, sólo por ver en tu sonrisa esencia de vida. Telefoneé a tu casa desde una cabina rellena de silicona, presa de butroneros de soplete y ganzúa que, cada noche, cobraban la plusvalía de no introducir el importe exacto en la misma. Me atendió tu hermana, tan parecida su voz a la tuya que creí confundirlas como dos gotas de agua.
-No está Auxi en estos momentos.
-¿Sabes si llegará pronto?.
-Ni idea. No ha dicho adónde iba ni cuándo volvería.
-Por favor, dile que ha llamado José, que me llame en cuanto pueda. Llevaré el móvil conmigo.
-De acuerdo, yo se lo digo.
Eran las nueve y media de la noche, de una noche oscura y anónima. Creía ver el mundo a través de un cristal, como si aquel ambiente no fuera conmigo, como si aún estuviera durmiendo en la 118 del Cisneros. Volví a pasar junto a la puerta de tu restaurante dos o tres veces consecutivas. El polideportivo, la minúscula plaza sin columpios ni arena y el bar junto al descampado, donde oriné minutos antes, constituían mi único itinerario. Había perros sin amo y borrachos devotos de Don Simón vagando por calles sin luz en las viviendas. Empecé a cenar. Nunca más bocadillos de mortadela. La bolsa de la ropa olía más a Campofrío que a suavizante. De repente, entre bocado y bocado, sonó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Eras tú.
-Hola. ¿Qué tal estás?. Me ha dicho mi hermana que has llamado.
-Sí. Era porque estaba un poco desorientado. Y lo sigo estando, a decir verdad.
-¿Qué ha ocurrido?¿Te preocupa algo?.
-Sí: saber si una calle en cuesta, que sale desde la plaza del kiosko, es la calle Jazmines.
-Sí. Qué bien informado estás. Ni que hubieras...
-Sal ahora mismo de casa. Hay una sorpresa para ti, con cara de circunstancias y mochila al hombro, junto al kiosko.
Tardó un par de minutos en aparecer, sofocada, bajando a paso ligero, por la calle Jazmines, hasta la plaza donde yo me encontraba. “Ozú, quillo, ¡Tú estás loco!”, fueron sus primeras palabras. No era el suyo un físico voluptuoso, ciertamente, aunque el brillo de su rostro inmaculado acaparó toda mi atención dejándome, por un instante, sin habla. De mediana estatura y cuerpo sin curvas ni badenes pronunciados, sus ojos verde abedul eran musgo en la ribera azul de sus pupilas. La sonrisa inocente y el sonrojo en su cara, a buen seguro por lo fortuito de aquel encuentro, delataban candidez y asombro en tu persona.
Tu casa era amplia y acogedora. Tus padres aún estaban trabajando y tardarían media hora en regresar. No estaba en disposición de pedirte nada, ni siquiera consulté tu opinión antes de visitarte, así que asumí la situación y te propuse que me acompañaras a buscar una pensión donde poder yo pasar la noche. Había tres fondas en el pueblo pero, visto lo visto en la primera de ellas, instigado por las prisas de la patrona, decidí no seguir indagando nuevas direcciones.
Poco más de mil pesetas por pasar la noche, no estaba mal. Curiosamente, la habitación con extras costaba casi el triple. Los extras eran sábanas, toalla, gel, agua caliente, papel higiénico, desayuno, despertador, vaso para enjuagarse la boca y almohada. Requerí el servicio mínimo, esto es, habitación desnuda de mobiliario, con cama sin sábanas ni almohada y baño sin útiles de aseo. Ni Gandhi, en vida, fue tan austero como yo aquella noche. Dormiría con lo puesto; portaba efectos de aseo personal y un paquete de kleenex que haría las veces de papel higiénico.
Auxi quedó con sus amigos y amigas en el kiosko donde, una hora antes, había pasado a recogerme. Nos juntamos, aproximadamente, unas 20 personas. Cinco eran chicas, sin contarte a ti, con sus respectivas parejas. El resto eran chicos, todos con la cabeza rapada. Se habían disfrazado de Dalai- Lama en Carnaval, hacía dos semanas. Uno de los chicos era Alberto, tu ex novio, que no dejaba de mirarnos ni un solo momento. Hicimos un botellón junto a la plaza. Alberto tenía los ojos inyectados en sangre. Era por el alcohol. Tenía la lengua tan trabada que aún estaría pronunciando la primera sílaba si quisiera llamarme tonto. Disimularía más su defecto si me llamara bobo.
Nos alejamos unos metros de la multitud, aunque seguíamos estando a la vista de todos. Era agradable hablar contigo, a veces me cogías la mano y sonreías, pero sé que lo hacías para poner celoso a Alberto, que seguía mascullando entre dientes, a mayor velocidad pero con la misma torpeza, aquel insulto interminable. Sólo quedaba ya una de las parejas. Alberto fue a insultar al seto de los columpios. Fue muy visceral. Aquella noche había cenado crema de calabacín y albóndigas en salsa. In vino veritas.
Fuimos a bailar a una casa vieja, habilitada como bar o discoteca, según fuera de día o de noche. El suelo temblaba y la gente subía, en fila de a uno, por el angosto pasillo de escaleras, hasta la planta superior. Hacía un calor sofocante. La gente iba para emborracharse. Los cubatas, derretido el hielo, se desbordaban en cuestión de minutos. Eran ingeridos con avidez por todos los allí congregados. Cuando se gastaban los botellines de agua mineral, el camarero servía cubitos de hielo en vaso de tubo. Me resultaba extraño escuchar canciones de Rocío Jurado o de Niña Pastori en un habitáculo atestado de gente tan joven. Numerosas personas se acercaron hasta ti para felicitarte por tu cumpleaños, con dos días de retraso. Duramos sólo tres canciones allí.
Regresamos a la plaza del kiosko, vacía ya de gente. Tus amigos se fueron, unos a casa a dormir y otros a Algeciras para acabar allí la noche. Sólo quedábamos tú, yo y la pareja de novios, afortunadamente sobrios, que nos acompañó desde el principio de la velada. Eras toda una mujer ante mis ojos. Decidiste que ya era hora de recogerse, como decís allí. Eran todavía las dos de la madrugada. Fuimos cómplices por unas horas. Mi intención, jamás confesada, de ver amanecer el nuevo día junto a ti, desde lo más alto del pueblo, fue recuerdo póstumo de mis sueños, tendido sobre un colchón sin sábanas ni almohada, aquella noche.
Hubiera querido disfrutar más de tu compañía, pero también deseaba poder verte, quizá, a horas menos intempestivas; seguir conociéndote en diferentes situaciones. Tenía hambre de ti y hambre de cama. Desconozco si existe la huelga de sueño, pero hubiera sido el primero en secundarla aquella noche. Me acompañaste hasta la puerta de la pensión. Nos despedimos, con voz meliflua, junto al dintel, hasta que la patrona bajó para abrirme.
-Mañana, ¿ qué vas a hacer?.
-No lo sé. Seguramente no trabaje. ¿A qué hora tienes que irte?.
-A las 10 de la mañana o a las 10 de la noche. No hay más autobuses.
-Intentaré madrugar. El que primero se levante, llama. Sacaré tiempo para vernos.
-De acuerdo. Que descanses. Me alegro de haberte conocido.
-Igualmente. Lo mismo digo.
La patrona se me antojaba modelo inspirador de aquel chiste que establecía diferencias entre una morsa y un determinado tipo de mujer, argumentando que una es fea, gorda y con bigote, y la otra vive en el mar. No intercambiamos palabra alguna. Temía que la conversación estuviera también incluida como suplemento en el precio. A pesar de la desguarnecida alcoba que aquella noche me servía de aposento, no tardé en quedarme profundamente dormido. Una llamada, tuya o mía, abriría los ojos del otro en cuestión de unas horas.
Eran las 9 y media de la mañana cuando yo los abrí, las diez cuando conseguí levantarme de aquella cama dura como un colchón de fakir. El colchón donde dormí tenía un arsenal de muelles chirriantes y rígidos en su interior; la intención de más de uno de ellos de salir de su aposento, le dotaba de cierta fisonomía en relieve. Oriné fuera del retrete, aunque no por descuido. Lo hice intencionadamente porque, en las 1000 pesetas que pagué por pasar allí la noche, no estaba incluida la escobilla de baño. La fregona era un lujo a disposición de unos pocos, supuse, y si la hubiese no existiría cubo, así que tendría que haber llenado la bañera de agua y utilizar el desagüe del lavabo como escurridor. A tenor del aspecto que presentaba el espejo, parece que lo limpiaban con la misma supuesta fregona. Ponerme las lentillas fue toda una prueba de audacia, una carrera de orientación, acaso de obstáculos. Mi reflejo en el tocador era similar al conseguido en un cristal forrado de papel de aluminio.
Telefoneé a Auxi para darle los buenos días. Me atendió su padre, con apariencia de no deseármelos muy buenos. Quedé con ella a las once y media de la mañana, en la Plaza Mayor, junto al quiosco. Vino con Inma, su mejor amiga; gran detalle por su parte. Ayer no lo hizo, pero hoy sí. Hoy fumó. Uno tras otro, pasaron más de diez cigarrillos por tus labios. Un bucle de alquitrán y nicotina se alojaba en tus pulmones. Hacía calor.
Fuimos en tu moto –tu amiga a pie- a la salida de Los Barrios, a sentarnos en el tupido césped de aquella colina que había junto a la carretera. ¿Sabes?, nunca hasta ese día había montado en moto. Era una sensación agradable y extraña. Tus cabellos alborozados me hacían cosquillas en la nariz. Estuve a punto de estornudar. Rodeaba tu cintura con mis brazos morenos, erizados de vello. Sentía la velocidad más allá de la aguja del cuentakilómetros. De no ser porque un dos caballos nos adelantó al final del repecho, juraría que íbamos bastante deprisa.
Tajante, breve y efímera. Así resultó aquella hora escasa de compañía que, casi a regañadientes, me ofrecías. Había desmitificado tu imagen en aquel autobús sin asientos reclinables, en el larguísimo trayecto de ida. Rehumanizaste todas mis percepciones la noche pasada y volviste, aquella mañana, a presentarte ante mis ojos como una linda muchacha en decadencia. Te fuiste. Te despediste de mí con dos besos, como si te hubieses despedido de un perfecto desconocido, de cualquier persona. Tu importantísimo examen del martes era de Mecanografía. Supuse que te examinarías con un teclado, cuando menos, Cirílico.
Podrías haberme avisado de antemano. Ni siquiera tañían las campanas en la Iglesia a mediodía. Estaban a punto de dar el último cuarto para las doce. Tenía algo más de diez horas por delante para comer y tomar mi autocar de regreso en Algeciras. Incluso a la pata coja, me hubiera sobrado algo de tiempo para tomarme un respiro. Me encaminé de nuevo a la minúscula Plaza Mayor, pero en esta ocasión al otro lado del quiosco. Ahora, desde el mirador del último asiento a la derecha, un palmo por encima del resto, ampliaba mis horizontes más allá de lo políticamente correcto. Definitivamente, no había cordura ni lógica en mis actos.
En Gibraltar sólo hay andaluces que se hacen pasar por ingleses. Oficiales ataviados con estúpidos trajes y sombreros a medio camino entre un bombín y un casco de bombero, me saludaban de un modo un tanto descafeinado. Diplomacia británica tan mal imitada, suscitaba risa antes que respeto. Me quedé con las ganas de contemplar la incipiente calvicie del señor Caravana; perdón, quise decir Caruana.
La fisonomía del peñón resultaba ciertamente extraña. Visto desde el interior parecía un monte edificado con laderas no muy pronunciadas. Desde la costa, sólo se ve un cortado vertical de varios centenares de metros de desnivel, coronado por una enorme antena. Dicen que dentro hay muchas galerías subterráneas, laberínticos reductos y centenares de cuevas. Yo opté por la ladera, allí todo parecía más natural. Llegar hasta la misma antena era muy fatigoso y, tratar de asomarme al otro lado, implicaba cierto riesgo de padecer vértigo.
Hacía un par de años vi en un documental imágenes del mono de Gibraltar. Acostumbrado en mi infancia al circo de Ángel Cristo y en mi adolescencia al león de la Metro, me costaba creer que en la Península existiera cierto grado de exotismo que fuera más allá de las palmeras. Pues era verdad, allí había monos, montones de pequeños monos colgados de árboles y verdes barandillas. El sol caía a plomo sobre mi cuerpo sudoroso. Allí no había fuentes, ni siquiera un muchacho que vendiera cacahuetes.
Eran las tres de la tarde y tenía tanta hambre que me hubiera comido un chimpancé. Concluí mi visita relámpago a este reducto de soberanía foránea y regresé a Algeciras. Los bares allí no eran muy limpios pero, a diferencia de la pensión de Los Barrios, había una preciosa escobilla en el cuarto de baño. Incluso había toalla, pero la que vi estaba tan sucia que parecía hablar, pedir a gritos un centrifugado. Estaba tan deteriorada que, en vez de rizos, tenía rastas.
En mi mochila aún conservaba algo de alimento y bebida. Desgraciadamente, el fiambre de los bocadillos se corrompía con mayor rapidez que un cadáver sin formol. Había zumo de plátano dentro de aquella banana ennegrecida. No os asustéis, fue todo a la basura. Todo menos las galletas integrales. Acabé de comer casi a las cinco de la tarde. Contemplé, de espaldas, la puesta de sol. Estuve en una playa cercana a Algeciras, una playa pequeña y a salvo de maleantes. Las mejores estaban en Tarifa, creo que la de Getares era una de ellas. El agua era de un azul muy oscuro, de un azul Atlántico sin algas y con olas pequeñas. Me sentía extraño sentado sobre la arena sin bañador ni toalla, clavando la mirada en un mar sin bañistas. Aquello estaba completamente desierto.
Caminé por la orilla, los pies descalzos, hasta el paseo marítimo. Atravesaba una zona residencial de pequeños apartamentos y bungalows. Había chiringuitos y un típico carrito de helados que hacía las delicias de los críos. Cuando llegué a la estación ya era de noche, el cielo estaba jalonado de estrellas y una ligera brisa con olor a lonja del pescado refrescaba el ambiente. El viaje hacia Madrid resultó incluso reconfortante. Aquel autocar tenía asientos reclinables y cada viajero era obsequiado con unos auriculares y una lata de refresco al entregar el billete al revisor. Llamé a Sotés, le dije que el hachís allí era demasiado caro. En realidad, ni siquiera pregunté. Sabía que él seguiría visitando, cada lunes, El Retiro.
De Los Barrios no traje ningún recuerdo al margen del encuentro con Auxi y, aun éste, está difuminado en mi memoria como si se tratara de un cuadro de la Catedral de Rouen. Aún guardo tus cartas, tus fotos, tus pretendidos y mal conseguidos poemas. Todos tus amigos irán a estudiar a otras ciudades el próximo curso y tú te quedarás allí, sola, trabajando en el restaurante de tus padres. Quizá seas feliz así. Te imagino dentro de unos años, recordando tus paseos por Madrid en tu viaje de último curso de básica, recordando acaso la locura que supuso embarcarme en este súbito viaje para estar contigo sin que tú nada supieras. Aún te veo sentada en el quicio de aquel bloque de piedra, embutida en tu uniforme de colegiala, con la falda por debajo de las rodillas, emergiendo de la hierba mal cortada del jardín de tu casa. Recuerdo tus ojos de color tercio de Heineken, tus mejillas, tu sonrisa, tu sorpresa al verme por vez primera.
Aún me niego a verte corrompida, tan poco motivada, fumando, bebiendo y suspendiendo exámenes de mecanografía. Son tan diferentes nuestras vidas... Probablemente el destino desgaste nuestros hábitos, erosione nuestros lazos y perdamos el contacto. A pesar de todo, a pesar de que no fue como yo imaginaba, te recordaré con cariño y con nostalgia. El alfabeto de amor del corazón seguirá construyendo vocablos, hilvanando frases que contengan la palabra de tu nombre hospitalario.
