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La Coctelera

CLUB DEI SINGOLI

MEDIA DÉCADA DE CLUB, 12 DE ENERO DE 2009
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Categoría: Relatos del Poeta

7 Junio 2006


Eran tiempos bárbaros en el Cisneros. Por fin habían acabado mis exámenes, aunque lo cierto es que no me había privado de mis algaradas nocturnas un solo fin de semana de los precedentes. El jueves hicimos botellón los de clase, conseguí incluso que la profesora de Publicidad nos deleitara con su presencia al inicio del mismo. La mayoría de gente que salimos aquella noche era de fuera de Madrid o tenían que viajar a sus respectivas ciudades a la mañana siguiente.
Mi vida ha cambiado mucho con el paso de los años. Así como en el aspecto sentimental uno va pasando de los besos en la mejilla a los picos, de éstos a los morreos, del morreo al magreo y de éste a la cama, en las relaciones anónimas pasé de las cartas a los emails y de éstos a las videoconferencias. Recuerdo aquellos meses desaforados de escritura sin tregua, cuando mantenía correspondencia con gente de todo el país. Llegué a conocer a Diana, cuando viajé hasta Albacete y al final, para variar, fui descubierto. También a Vero y a Susana, en Madrid, el día en que formalicé la matrícula de mi primer curso en la gris y morganática facultad de Ciencias de la Información. Aun así, de modo natural, fluido e inicialmente inexplicable, el contacto escrito, telefónico e incluso fotográfico con todas aquellas personas fue perdiéndose poco a poco. Apenas me carteaba ya con tres o cuatro de ellas.
Precisamente ese día fue el cumpleaños de Auxi, la chica de Cádiz. Le llamé por teléfono y hablamos sobre temas y aspectos más que previsibles. Las charlas telefónicas con desconocidos dan mucho campo de juego a la imaginación, digamos que no son tan insustanciales como las mantenidas con los vecinos en el ascensor ni tan profundas como las entabladas con un amigo íntimo. Cumplía 18 primaveras. Qué lejos quedaban en el tiempo aquellas fotos de uniforme tomadas en el jardín de su casa, (el césped sin cortar) cuando iba al colegio de monjas, cuando era delito ir con la falda por encima de las rodillas; incluso maquillarse. Vivimos aún en tiempos de inquisición moral.

Habíamos quedado todos en la puerta principal del intercambiador de metro, en Moncloa. Por aquellas fechas aún no estaban prohibidos los botellones, aunque los basureros hacían horas extras para limpiar los escombros alcohólicos y escatológicos generados por una multitud desinhibida e incontrolada. Pasé por el cuarto de Beñat para dar el retoque final a tanto alarde de apariencia por mi parte. Nos entendíamos a las mil maravillas. Yo me encargaba de recoger su ropa de la lavandería y él me brindaba un poco de Armani, para atraer a las hembras en una época en la que Jacq,s quedaba obsoleto y el efecto Axe aún no había efectuado su puesta en escena.
Nos juntamos aquel viernes poco más de 50 personas, que fueron desperdigándose en pequeños grupos de no más de 7 u 8 integrantes. El desarrollo de la fiesta discurrió dentro de los cánones de la normalidad hasta que, a eso de las 3 de la madrugada, cuando la personalidad de cada cual apenas otorgaba espacio para cierto atisbo de inteligencia o lucidez mental, llegamos a la puerta de Inn, clavando los ojos en el suelo para que el brillo de nuestras pupilas no nos delatara ante la meticulosa mirada de los porteros.
La discoteca estaba atestada de gente, había que hacer oposiciones para acceder al cuarto de baño, incluso al de hombres. El juego de luces, el propio tumulto y nuestro baile al compás de la música, nos confería cierto anonimato. Sin saber por qué, me presenté a un chica de apariencia germana, que finalmente resultó ser oriunda de Vallecas. Estaba acompañada por amigos y amigas, aunque fuimos distanciándonos, inconscientemente, del entorno. Nuestras manos, a un punto, se rozaron. Mis inocentes palabras, mis tópicos chistes de siempre, suscitaron en Miriam (que así se llamaba) cierto grado de duda.

-¿Cuántos años tienes?.
-19, ¿y tú?.
-23.
-¿Por qué me preguntas la edad?.
-No, por nada, por nada...

Creo que esa noche mi actitud hacia las mujeres era radicalmente opuesta a la habitual. Yo que siempre hablaba y hablaba sin parar, yo que siempre trataba de mostrarme transparente, de comunicar el máximo de ideas y puntos de vista en el primer encuentro, aquella noche hablaba menos, imprimía cierto aura de misterio a mis respuestas y me dejaba llevar antes que tomar la iniciativa.

-Tú pareces muy espabilado para tu edad...
-En qué te basas.
-Estás aquí cogiéndome la mano, a lo tonto, como si no me diera yo cuenta...
-Las apariencias engañan.
-Mira, estamos aquí los dos juntos bailando, los dos somos personas adultas y si nos tenemos que
dar un beso pues nos lo damos, ¿no?.

Dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos estaba abrazándola, besándola, arrinconándola contra la barra principal de la discoteca. Perdidos entre la masa, nuestras manos jugueteaban, descubriendo nuevos horizontes. Sus labios sabían a Dyc- cola. El recuerdo más vivo que de ella ahora tengo era el sabor de sus besos.
Era alta y delgada, de cuerpo enjuto pero bien formado. Sus pechos cogían en la palma de la mano y eran duros como pomelos. Pero su rostro era extraño: tenía la misma sonrisa que el comodín en el póker, la nariz aguileña y los labios finos como alambres de carne. Sus ojos eran muy azules y su piel ocultaba su palidez bajo una tenue capa de maquillaje. Tu forma de ser, Miriam, a primera vista, era convencionalidad intelectual llevada al extremo. Sin embargo yo, aquella noche, no buscaba Psicología en tu cuerpo.
Empleaste más de media hora en regresar del cuarto de baño, aunque Pablo vino a advertirme de que te estabas dando el palo con otro en el extremo opuesto de la discoteca. No te lo reproché, al menos no con palabras. Mis manos hablaron por mí en cada confín de tu anatomía. Recomendabas mesura ante tal ausencia de discreción, aunque nunca rechazaste mis profundas caricias ni mis húmedos besos.
Estuve algo más de hora y media sin separarme de Miriam, ambos unidos por el cordón umbilical de nuestras lenguas jugueteando en paladar ajeno, atraídas las yemas de los dedos por el cálido tacto de nuestros cuerpos. Eran las seis de la madrugada y la discoteca estaba a punto de cerrar sus puertas.
Te adelantaste a tu grupo de amigos en la calle, caminábamos ligeramente más allá de la próxima esquina y nos besamos en cada portal. Sonreías pícaramente y me mirabas con lascivia. Precisamente por mi sutil pasotismo te tuve, sin quererlo, a mi merced por un instante. Llegados hasta la boca de metro, anoté mi teléfono en un pañuelo que guardaste en tu bolso de napa. Tu geografía corporal era proclive a padecer terremotos de erotismo, sensuales huracanes de deseo. Tu rostro a la luz del nuevo día era poco atractivo, estaba curtido por el paso de los años que quizá tan sólo en él hicieron mella. Pero al besarte cerraba los ojos, ponía mis cuatro sentidos en aquel instante y los cinco en el resto de tu talle.
Llegué al colegio, rayando el alba, a eso de las 7 de la mañana. Mientras el portero aguardaba, en el quicio de la puerta, su relevo. En el Transiberiano aún hacía frío, eran 20 eternos metros de gélido pasillo. En la habitación el ambiente era más acogedor. Anduve recogiendo la ropa desordenada que estaba sobre la cama por espacio de diez minutos. Busqué la funda del cepillo de dientes; finalmente apareció, aunque extravié el cepillo. Demasiado caos, demasiados cachivaches. Pero casi era mejor dormir en medio de esa tensa atmósfera desordenada; mi cuerpo, con o sin orden, caería rendido sobre la cama plegable. Eran momentos de pensamientos abiertos e ideas sin hilvanar, momentos de escasa cordura, de falta de sueño y de hambre de almohada.

Súbitamente, aún sin desvestirme, tras incorporarme, empecé a introducir efectos personales en mi nueva mochila. Al amparo de lo ilógico, una hora después estaba, en la ventanilla 25 de la estación de Méndez Álvaro, adquiriendo un billete de ida y vuelta hacia Algeciras. El autobús partía de las dársenas de la planta baja en apenas unos minutos. Nueve horas de viaje, aproximadamente 800 kilómetros de reflexión, de desquiciada ruta sorpresa, rumbo a latitudes desconocidas. Me apetecía, Auxi, felicitarte en persona, más allá de las misivas y del hilo telefónico.
Tu recuerdo alimentó la espera en un viaje sin películas ni asientos reclinables. La primera de tus cartas llegó a mi buzón con tus 16 años recién cumplidos; olía a perfume dulce, era sutil y sugerente al mismo tiempo. Era como tú, cándida mujer, niña madura, un abanico de cualidades diversas, solapadas en armonía. Tu forma de ser era el cuerpo de un árbol con alma de bonsái. Tus fotos, tus llamadas, tus sequías y crecidas... Eras como un río de caudal imprevisible, de cauce perenne y sueños caducos. Habías cambiado en apenas dos años, ya no eras aquella chiquilla de uniforme que modosa posaba en el jardín mal cuidado de tu casa. Ahora fumabas y bebías, aunque me costase dar crédito a tu salud pervertida. Ahora eras una chica de instituto, una flor de loto en medio de La Castellana. Eras el día en mi ilusión, avanzando en su hora, con idéntica luz pero desde diverso enfoque. Era lógico pero absurdo al mismo tiempo proyectar mis sensaciones, mis intuiciones acerca de ti, más allá del plano imaginario. No buscaba el lienzo. Buscaba lo que en él el destino había ido retratando, más allá de nuestros sueños y anhelos.
Pienso demasiado las cosas, pero no antes de hacerlas sino mientras las voy haciendo. Es como si dudase de mi primer impulso. Infinidad de paranoias circularon por mi mente durante aquel puñado de horas. Era la sensación de incertidumbre ante unos resultados remitidos en sobre cerrado. En mi cabeza tú eras el momento de apertura de ese sobre.
Dormí a ratos, con el cuello destrozado por tanta curva, sobre todo en el Despeñaperros. Pasé cerca de Jaén y de Granada. Recorrí la costa malagueña y parte de la gaditana. De lejos, Marbella, no parecía gran cosa. Cádiz era sencillo, azul y blanco. Inmaculadas fachadas de adobe y de piedra, cielo huérfano de nubes y viento del Estrecho en la ventana. Ceuta y Melilla, los albores de África tan cerca... Aquí, tan al sur, la luz es diferente. Un sol de plastilina estaba a punto de ocultarse tras las colinas.
El autobús llegó a la estación de Algeciras ligeramente pasadas las siete de la tarde. Vestía bermudas y camiseta de algodón, la temperatura era agradable pero la humedad calaba hasta en los huesos. Tanto magrebí embutido en chilabas de múltiples colores me sugería un ambiente ciertamente exótico, desconocido y trepidante. Algeciras era puerto de peaje, el hachís y las drogas menores campaban a sus anchas en boca de más de uno que, guiñándome un ojo, me las ofrecía. Era mejor no responder a gente de sospechosa apariencia que preguntaba cosas insustanciales. Eché a correr cuando un individuo, reloj digital en mano, se acercó apresuradamente hacia donde yo me encontraba, preguntándome la hora.
Tenía que coger otro autobús hasta Los Barrios. Apenas 3 kilómetros monte a través, o cinco por carretera, me separaban de aquel pueblecito. Para los oriundos de la zona todo cuanto me rodeaba era lo habitual, cada cual acaba adaptándose a su ambiente y entorno. Quizá allí había mayor delincuencia, mayor picardía, mayor caos que en mi ciudad. Deseché la posibilidad de aprovechar las últimas horas de luz en caminar por aquellos parajes desconocidos y me monté en el primero de los autobuses que hasta allí, cada media hora, arribaban.

La parada estaba ubicada en la esquina de una heladería, en una calle sobria y de precario alumbrado. El billete era bastante caro, algo más de trescientas pesetas entre la ida y la vuelta. Los asientos, según avanzaba hacia el final del pasillo, presentaban un mayor grado de deterioro. Me senté donde siempre, al fondo a la derecha. Me gusta contemplar a la gente desde la distancia; el paisaje, desde la última fila, un palmo más elevado que el resto. La ruta surcaba un valle de suaves colinas tapizadas de césped y margaritas. El río Palmones quedaba a la derecha después de atravesar, por un puente, su exiguo curso.
Diez minutos escasos tardé en llegar hasta el pueblo de Auxi. Ciertamente, Los Barrios era pequeño, como si de un barrio turolense se tratara. Allí todo eran casas pequeñas, ecos de rumores, sutil bullicio, recogido en los hogares. La temperatura era agradable, pero la humedad seguía haciendo mella en mi cuerpo enjuto, maltrecho por tantas horas de autobús, de tortuosas carreteras y rígidos asientos.
Apenas había unas cuantas farolas en todo el pueblo, farolas de luz difusa y apocada. Ladridos, ruido de bujías en la letanía, voces extrañas y rumores de fadango en las tascas y tabernas, constituían la única y desconcertante banda sonora en el ambiente. Pasé junto al restaurante de tus padres, donde tú servías comidas cada fin de semana. Seguro que tenías clientes fijos, clientes que tomaban un carajillo a tu salud, sólo por ver en tu sonrisa esencia de vida. Telefoneé a tu casa desde una cabina rellena de silicona, presa de butroneros de soplete y ganzúa que, cada noche, cobraban la plusvalía de no introducir el importe exacto en la misma. Me atendió tu hermana, tan parecida su voz a la tuya que creí confundirlas como dos gotas de agua.

-No está Auxi en estos momentos.
-¿Sabes si llegará pronto?.
-Ni idea. No ha dicho adónde iba ni cuándo volvería.
-Por favor, dile que ha llamado José, que me llame en cuanto pueda. Llevaré el móvil conmigo.
-De acuerdo, yo se lo digo.

Eran las nueve y media de la noche, de una noche oscura y anónima. Creía ver el mundo a través de un cristal, como si aquel ambiente no fuera conmigo, como si aún estuviera durmiendo en la 118 del Cisneros. Volví a pasar junto a la puerta de tu restaurante dos o tres veces consecutivas. El polideportivo, la minúscula plaza sin columpios ni arena y el bar junto al descampado, donde oriné minutos antes, constituían mi único itinerario. Había perros sin amo y borrachos devotos de Don Simón vagando por calles sin luz en las viviendas. Empecé a cenar. Nunca más bocadillos de mortadela. La bolsa de la ropa olía más a Campofrío que a suavizante. De repente, entre bocado y bocado, sonó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Eras tú.

-Hola. ¿Qué tal estás?. Me ha dicho mi hermana que has llamado.
-Sí. Era porque estaba un poco desorientado. Y lo sigo estando, a decir verdad.
-¿Qué ha ocurrido?¿Te preocupa algo?.
-Sí: saber si una calle en cuesta, que sale desde la plaza del kiosko, es la calle Jazmines.
-Sí. Qué bien informado estás. Ni que hubieras...
-Sal ahora mismo de casa. Hay una sorpresa para ti, con cara de circunstancias y mochila al hombro, junto al kiosko.

Tardó un par de minutos en aparecer, sofocada, bajando a paso ligero, por la calle Jazmines, hasta la plaza donde yo me encontraba. “Ozú, quillo, ¡Tú estás loco!”, fueron sus primeras palabras. No era el suyo un físico voluptuoso, ciertamente, aunque el brillo de su rostro inmaculado acaparó toda mi atención dejándome, por un instante, sin habla. De mediana estatura y cuerpo sin curvas ni badenes pronunciados, sus ojos verde abedul eran musgo en la ribera azul de sus pupilas. La sonrisa inocente y el sonrojo en su cara, a buen seguro por lo fortuito de aquel encuentro, delataban candidez y asombro en tu persona.
Tu casa era amplia y acogedora. Tus padres aún estaban trabajando y tardarían media hora en regresar. No estaba en disposición de pedirte nada, ni siquiera consulté tu opinión antes de visitarte, así que asumí la situación y te propuse que me acompañaras a buscar una pensión donde poder yo pasar la noche. Había tres fondas en el pueblo pero, visto lo visto en la primera de ellas, instigado por las prisas de la patrona, decidí no seguir indagando nuevas direcciones.
Poco más de mil pesetas por pasar la noche, no estaba mal. Curiosamente, la habitación con extras costaba casi el triple. Los extras eran sábanas, toalla, gel, agua caliente, papel higiénico, desayuno, despertador, vaso para enjuagarse la boca y almohada. Requerí el servicio mínimo, esto es, habitación desnuda de mobiliario, con cama sin sábanas ni almohada y baño sin útiles de aseo. Ni Gandhi, en vida, fue tan austero como yo aquella noche. Dormiría con lo puesto; portaba efectos de aseo personal y un paquete de kleenex que haría las veces de papel higiénico.
Auxi quedó con sus amigos y amigas en el kiosko donde, una hora antes, había pasado a recogerme. Nos juntamos, aproximadamente, unas 20 personas. Cinco eran chicas, sin contarte a ti, con sus respectivas parejas. El resto eran chicos, todos con la cabeza rapada. Se habían disfrazado de Dalai- Lama en Carnaval, hacía dos semanas. Uno de los chicos era Alberto, tu ex novio, que no dejaba de mirarnos ni un solo momento. Hicimos un botellón junto a la plaza. Alberto tenía los ojos inyectados en sangre. Era por el alcohol. Tenía la lengua tan trabada que aún estaría pronunciando la primera sílaba si quisiera llamarme tonto. Disimularía más su defecto si me llamara bobo.
Nos alejamos unos metros de la multitud, aunque seguíamos estando a la vista de todos. Era agradable hablar contigo, a veces me cogías la mano y sonreías, pero sé que lo hacías para poner celoso a Alberto, que seguía mascullando entre dientes, a mayor velocidad pero con la misma torpeza, aquel insulto interminable. Sólo quedaba ya una de las parejas. Alberto fue a insultar al seto de los columpios. Fue muy visceral. Aquella noche había cenado crema de calabacín y albóndigas en salsa. In vino veritas.

Fuimos a bailar a una casa vieja, habilitada como bar o discoteca, según fuera de día o de noche. El suelo temblaba y la gente subía, en fila de a uno, por el angosto pasillo de escaleras, hasta la planta superior. Hacía un calor sofocante. La gente iba para emborracharse. Los cubatas, derretido el hielo, se desbordaban en cuestión de minutos. Eran ingeridos con avidez por todos los allí congregados. Cuando se gastaban los botellines de agua mineral, el camarero servía cubitos de hielo en vaso de tubo. Me resultaba extraño escuchar canciones de Rocío Jurado o de Niña Pastori en un habitáculo atestado de gente tan joven. Numerosas personas se acercaron hasta ti para felicitarte por tu cumpleaños, con dos días de retraso. Duramos sólo tres canciones allí.
Regresamos a la plaza del kiosko, vacía ya de gente. Tus amigos se fueron, unos a casa a dormir y otros a Algeciras para acabar allí la noche. Sólo quedábamos tú, yo y la pareja de novios, afortunadamente sobrios, que nos acompañó desde el principio de la velada. Eras toda una mujer ante mis ojos. Decidiste que ya era hora de recogerse, como decís allí. Eran todavía las dos de la madrugada. Fuimos cómplices por unas horas. Mi intención, jamás confesada, de ver amanecer el nuevo día junto a ti, desde lo más alto del pueblo, fue recuerdo póstumo de mis sueños, tendido sobre un colchón sin sábanas ni almohada, aquella noche.
Hubiera querido disfrutar más de tu compañía, pero también deseaba poder verte, quizá, a horas menos intempestivas; seguir conociéndote en diferentes situaciones. Tenía hambre de ti y hambre de cama. Desconozco si existe la huelga de sueño, pero hubiera sido el primero en secundarla aquella noche. Me acompañaste hasta la puerta de la pensión. Nos despedimos, con voz meliflua, junto al dintel, hasta que la patrona bajó para abrirme.

-Mañana, ¿ qué vas a hacer?.
-No lo sé. Seguramente no trabaje. ¿A qué hora tienes que irte?.
-A las 10 de la mañana o a las 10 de la noche. No hay más autobuses.
-Intentaré madrugar. El que primero se levante, llama. Sacaré tiempo para vernos.
-De acuerdo. Que descanses. Me alegro de haberte conocido.
-Igualmente. Lo mismo digo.

La patrona se me antojaba modelo inspirador de aquel chiste que establecía diferencias entre una morsa y un determinado tipo de mujer, argumentando que una es fea, gorda y con bigote, y la otra vive en el mar. No intercambiamos palabra alguna. Temía que la conversación estuviera también incluida como suplemento en el precio. A pesar de la desguarnecida alcoba que aquella noche me servía de aposento, no tardé en quedarme profundamente dormido. Una llamada, tuya o mía, abriría los ojos del otro en cuestión de unas horas.

Eran las 9 y media de la mañana cuando yo los abrí, las diez cuando conseguí levantarme de aquella cama dura como un colchón de fakir. El colchón donde dormí tenía un arsenal de muelles chirriantes y rígidos en su interior; la intención de más de uno de ellos de salir de su aposento, le dotaba de cierta fisonomía en relieve. Oriné fuera del retrete, aunque no por descuido. Lo hice intencionadamente porque, en las 1000 pesetas que pagué por pasar allí la noche, no estaba incluida la escobilla de baño. La fregona era un lujo a disposición de unos pocos, supuse, y si la hubiese no existiría cubo, así que tendría que haber llenado la bañera de agua y utilizar el desagüe del lavabo como escurridor. A tenor del aspecto que presentaba el espejo, parece que lo limpiaban con la misma supuesta fregona. Ponerme las lentillas fue toda una prueba de audacia, una carrera de orientación, acaso de obstáculos. Mi reflejo en el tocador era similar al conseguido en un cristal forrado de papel de aluminio.
Telefoneé a Auxi para darle los buenos días. Me atendió su padre, con apariencia de no deseármelos muy buenos. Quedé con ella a las once y media de la mañana, en la Plaza Mayor, junto al quiosco. Vino con Inma, su mejor amiga; gran detalle por su parte. Ayer no lo hizo, pero hoy sí. Hoy fumó. Uno tras otro, pasaron más de diez cigarrillos por tus labios. Un bucle de alquitrán y nicotina se alojaba en tus pulmones. Hacía calor.
Fuimos en tu moto –tu amiga a pie- a la salida de Los Barrios, a sentarnos en el tupido césped de aquella colina que había junto a la carretera. ¿Sabes?, nunca hasta ese día había montado en moto. Era una sensación agradable y extraña. Tus cabellos alborozados me hacían cosquillas en la nariz. Estuve a punto de estornudar. Rodeaba tu cintura con mis brazos morenos, erizados de vello. Sentía la velocidad más allá de la aguja del cuentakilómetros. De no ser porque un dos caballos nos adelantó al final del repecho, juraría que íbamos bastante deprisa.
Tajante, breve y efímera. Así resultó aquella hora escasa de compañía que, casi a regañadientes, me ofrecías. Había desmitificado tu imagen en aquel autobús sin asientos reclinables, en el larguísimo trayecto de ida. Rehumanizaste todas mis percepciones la noche pasada y volviste, aquella mañana, a presentarte ante mis ojos como una linda muchacha en decadencia. Te fuiste. Te despediste de mí con dos besos, como si te hubieses despedido de un perfecto desconocido, de cualquier persona. Tu importantísimo examen del martes era de Mecanografía. Supuse que te examinarías con un teclado, cuando menos, Cirílico.
Podrías haberme avisado de antemano. Ni siquiera tañían las campanas en la Iglesia a mediodía. Estaban a punto de dar el último cuarto para las doce. Tenía algo más de diez horas por delante para comer y tomar mi autocar de regreso en Algeciras. Incluso a la pata coja, me hubiera sobrado algo de tiempo para tomarme un respiro. Me encaminé de nuevo a la minúscula Plaza Mayor, pero en esta ocasión al otro lado del quiosco. Ahora, desde el mirador del último asiento a la derecha, un palmo por encima del resto, ampliaba mis horizontes más allá de lo políticamente correcto. Definitivamente, no había cordura ni lógica en mis actos.

En Gibraltar sólo hay andaluces que se hacen pasar por ingleses. Oficiales ataviados con estúpidos trajes y sombreros a medio camino entre un bombín y un casco de bombero, me saludaban de un modo un tanto descafeinado. Diplomacia británica tan mal imitada, suscitaba risa antes que respeto. Me quedé con las ganas de contemplar la incipiente calvicie del señor Caravana; perdón, quise decir Caruana.
La fisonomía del peñón resultaba ciertamente extraña. Visto desde el interior parecía un monte edificado con laderas no muy pronunciadas. Desde la costa, sólo se ve un cortado vertical de varios centenares de metros de desnivel, coronado por una enorme antena. Dicen que dentro hay muchas galerías subterráneas, laberínticos reductos y centenares de cuevas. Yo opté por la ladera, allí todo parecía más natural. Llegar hasta la misma antena era muy fatigoso y, tratar de asomarme al otro lado, implicaba cierto riesgo de padecer vértigo.
Hacía un par de años vi en un documental imágenes del mono de Gibraltar. Acostumbrado en mi infancia al circo de Ángel Cristo y en mi adolescencia al león de la Metro, me costaba creer que en la Península existiera cierto grado de exotismo que fuera más allá de las palmeras. Pues era verdad, allí había monos, montones de pequeños monos colgados de árboles y verdes barandillas. El sol caía a plomo sobre mi cuerpo sudoroso. Allí no había fuentes, ni siquiera un muchacho que vendiera cacahuetes.
Eran las tres de la tarde y tenía tanta hambre que me hubiera comido un chimpancé. Concluí mi visita relámpago a este reducto de soberanía foránea y regresé a Algeciras. Los bares allí no eran muy limpios pero, a diferencia de la pensión de Los Barrios, había una preciosa escobilla en el cuarto de baño. Incluso había toalla, pero la que vi estaba tan sucia que parecía hablar, pedir a gritos un centrifugado. Estaba tan deteriorada que, en vez de rizos, tenía rastas.
En mi mochila aún conservaba algo de alimento y bebida. Desgraciadamente, el fiambre de los bocadillos se corrompía con mayor rapidez que un cadáver sin formol. Había zumo de plátano dentro de aquella banana ennegrecida. No os asustéis, fue todo a la basura. Todo menos las galletas integrales. Acabé de comer casi a las cinco de la tarde. Contemplé, de espaldas, la puesta de sol. Estuve en una playa cercana a Algeciras, una playa pequeña y a salvo de maleantes. Las mejores estaban en Tarifa, creo que la de Getares era una de ellas. El agua era de un azul muy oscuro, de un azul Atlántico sin algas y con olas pequeñas. Me sentía extraño sentado sobre la arena sin bañador ni toalla, clavando la mirada en un mar sin bañistas. Aquello estaba completamente desierto.
Caminé por la orilla, los pies descalzos, hasta el paseo marítimo. Atravesaba una zona residencial de pequeños apartamentos y bungalows. Había chiringuitos y un típico carrito de helados que hacía las delicias de los críos. Cuando llegué a la estación ya era de noche, el cielo estaba jalonado de estrellas y una ligera brisa con olor a lonja del pescado refrescaba el ambiente. El viaje hacia Madrid resultó incluso reconfortante. Aquel autocar tenía asientos reclinables y cada viajero era obsequiado con unos auriculares y una lata de refresco al entregar el billete al revisor. Llamé a Sotés, le dije que el hachís allí era demasiado caro. En realidad, ni siquiera pregunté. Sabía que él seguiría visitando, cada lunes, El Retiro.

De Los Barrios no traje ningún recuerdo al margen del encuentro con Auxi y, aun éste, está difuminado en mi memoria como si se tratara de un cuadro de la Catedral de Rouen. Aún guardo tus cartas, tus fotos, tus pretendidos y mal conseguidos poemas. Todos tus amigos irán a estudiar a otras ciudades el próximo curso y tú te quedarás allí, sola, trabajando en el restaurante de tus padres. Quizá seas feliz así. Te imagino dentro de unos años, recordando tus paseos por Madrid en tu viaje de último curso de básica, recordando acaso la locura que supuso embarcarme en este súbito viaje para estar contigo sin que tú nada supieras. Aún te veo sentada en el quicio de aquel bloque de piedra, embutida en tu uniforme de colegiala, con la falda por debajo de las rodillas, emergiendo de la hierba mal cortada del jardín de tu casa. Recuerdo tus ojos de color tercio de Heineken, tus mejillas, tu sonrisa, tu sorpresa al verme por vez primera.
Aún me niego a verte corrompida, tan poco motivada, fumando, bebiendo y suspendiendo exámenes de mecanografía. Son tan diferentes nuestras vidas... Probablemente el destino desgaste nuestros hábitos, erosione nuestros lazos y perdamos el contacto. A pesar de todo, a pesar de que no fue como yo imaginaba, te recordaré con cariño y con nostalgia. El alfabeto de amor del corazón seguirá construyendo vocablos, hilvanando frases que contengan la palabra de tu nombre hospitalario.

5 Junio 2006

Mayo es el mes de las flores, dicen. También el mes de María. Pero en mayo puede haber algo más que madres, y existen otros nombres, a quien conmemorar más allá de un amor platónico.

Te levantas por la mañana y el espejo te grita, entre desconchado y desconchado, que sigues tirando tu vida a la basura. Los exámenes te agobian, también la infructuosa búsqueda de curro, incluso la excesivamente fructífera peregrinación de mujeres hasta tu alcoba. Te sientes tentado de colgar un cartel que rece "no hay billetes" o un "no más amantes" en la puerta, o dejar claro que a dormir se va uno a su casita. Pero te faltan fuerzas y tienes que sufrir, ofrecer tu brazo izquierdo extendido y comprobar horrorizado cómo se te duerme, mientras una mujer cree haber descubierto el amor al aplastar su cráneo contra mi axila y dormita con una sonrisa feliz. Es entonces cuando te ves forzado a adoptar actitudes un tanto extrañas, como encender el grifo mientras meas, o rellenar de papel higiénico el interior de la letrina para que la mierda no haga ruido al chapotear en el agua. Incluso tienes que ir a la cocina con la excusa de beber un vaso de leche, simplemente para tirarte un pedo en condiciones y rascarte los cojones como un mandril. A veces dormir con una mujer es incómodo como un uniforme en preescolar.

Posiblemente te ilusionas con tu próximo viaje, te sientes sentimentalmente marinero y vas a la aventura, incluso te olvidas el diccionario de inglés en la mesilla y sientes la obligación de comunicar con las manos, como un italiano más. El viaje supera tus expectativas, te supera, te hace pensar y decir cosas que rebasan el umbral de la pastelosidad. Crees gozar de la tan ansiada soledad en una cama de noventa por unos días pero pronto te das cuenta de que no es así. Alguien viene a visitarte, te pilló en un momento de flojera, le dijiste que sí, que podía venir, te preguntó que qué podía traerte, le respondiste que chorizo, lencería y vaselina... y luego encima tienes que salir del atolladero y preservar tu condición de hombre aun si intentas driblar cada coito con especial vehemencia.

La mujer gamba. Por supuesto, le sobraba la cabeza. A veces pienso que algunas mujeres son algo así como un mecano, las piezas encajan pero los colores desentonan. Tiene el entrecejo pelado, los cabellos apestan a Nenuco y no hace falta tener rayos equis para intuir que la Selva de Oza empieza allá donde no se depila la moza.

Intentas ser cordial pero frío. Una mujer jamás te va a preguntar en un aeropuerto que por qué no le metes la lengua hasta la campanilla. Le doy dos besos y me atrinchero con la maleta entre los dos. No osa a besarme. Es sábado y la noche presupone alcohol y lascivia. Vamos a casa de un amigo escandinavo, bebemos cerveza y cualquier cosa que haga espuma. Llegamos al centro en bicicleta dando relevos de birra, en fila india. Hay mucha gente y ella se pega demasiado, su cuerpo parnasiano y su rostro cubista. En Venecia podría colar por un bellezón, allí al fin y al cabo llevan máscara. Alguien me toca el brazo. Son sus tetas, firmes, semiesféricas, abundantes, sólidas, como un bunker albanés. Bebo y bebo y recibo consejos sabios de amigo verdadero o sexualmente frustrado. Todos coinciden en lo mismo: ¡fóllatela!

Forzado por las circunstancias y el cansancio, regresamos a casa. Entro en la habitación como si fuera una pelota haciendo pinball contra el marco. La cama es de noventa pero sólo veo sesentainueves bordados en el almohadón. Ella va primero al baño. La peste a nenuco me impide plantar un buen pino. Salgo del retrete y allí está ella, sobre la cama, tumbada, aún vestida. "¿Por qué no te tumbas a mi lado y me hablas de tu vida en este país?", me pregunta con una sonrisa. Parece que para hablar sólo puedes ponerte tumbado en una cama estrecha, junto a una mujer que trata de abrirse demasiado y que se hace la sorda aunque le hables a dos milímetros escasos de su boca, como cantaba Jesús Vázquez... Se respira el aroma del deseo: huele toda ella a una extraña mezcla de tónico facial, agua de Nenuco y feromonas.

Apuro el último trago y nos besamos. Con demasiada pasión. Hay que terminar cuanto antes, serán sólo cinco minutos, quizá así me deje tranquilo, pienso vagamente, imbuido de cierta arrogancia justificada. Al cabo del rato los dos estamos en pelotas y el pelo de su pubis me hace cosquillas en el vientre. Así está mejor. Antes podría haberme limpiado los zapatos con su mata de pelo salvaje. La chica es guapa de pies a mentón.

Está amaneciendo, en este país no hay persianas y sólo los ciegos tienen la dicha de no verse en la obligación de mirar a alguien a la cara cuando fornican. ¡Cómo te envidio, Stevie!

Es precisamente en ese momento en que un cuerpo desnudo se contonea sobre ti cuando formulas una pregunta retórica del tipo: "¿te parece que coja un condón?". Ella, que no coge ni los chistes del 20 minutos, en fin, me he pasado porque yo tampoco los pillo a veces... Ella, que no coge ni los chistes (digámoslo en general), se pone seria y con total desgana me dice "no sé". El pincho moruno vuelve a quedarse sin guarnición y regresa vacío al frigorífico, como quien dice. Mientras tanto, quizá recapacitando en sus palabras, ella te pide que por favor esperes, que tiene que ir al baño. No me lo dice, pero seguro que tiene que limpiarse los bajos, o purgarlos, en el lavabo o en el urinario, respectivamente. Llegados a ese punto me siento algo culpable, algo así como Gene Wilder en la escena final de "La mujer de rojo". Y si él puede rechazar a Kelly Le Brock, yo, por qué no, también puedo rechazar a la mujer gamba.

Cuatro horas después abro los ojos y compruebo la inmensidad de una cama de 90 cuando es toda para mí. Ella está durmiendo en otro colchón, en el suelo, embutida en mi albornoz a cuadros. Hago como si no he visto nada y sigo durmiendo. Así el tiempo pasa más deprisa. Mientras tanto, vuelvo a soñar con otra persona que está un poquito lejos en la distancia y demasiado cercana en el recuerdo.

Amaneces a la hora de comer, actúas como si nada hubiera pasado, dar los buenos días con una sonrisa te exime de cierta sexualidad forzada. Agradeces al destino que tengas que enseñar dos horas de español y te turba que justo cuando no sientes el deseo hasta las alumnas coqueteen contigo. Incluso se me escapa un leve pedo, pero a ella no le importa: es fumadora.

Regresas a tu habitación con el bolsillo lleno, los gases a flor de piel y el ego por las nubes. Bendito tenis. La final dura cinco horas largas y Nadal sorprende a Federer en el último set. Larga tregua antidiálogo sentados en idéntico sofá, horas en las cuales puedo mirar a la pantalla de un televisor y no inventar conversaciones que no me interesa mantener. La mujer gamba me palpa la pierna, dice que está dura. Normal, pienso, estás palpado el hueso. Ella insiste en exaltar mi fortaleza, o mi sobrecalcificación. Elogia la dureza de mi antebrazo, cual si del brazaco de un fascista gobernador de California se tratara. Es el codo, mujer. Ella desiste de su plan y se pasa a lo sutil. Ahora me acaricia con suavidad, pero yo sigo a lo mío. Cuando dice estar enamorada de ese deporte, me pregunta qué es romper el servicio y empiezo a dudar de sus gustos. Pienso incluso que sería capaz de aguantar una final de doma clásica, fingiendo falsa excitación. Tras veinte minutos frotando la devaluada lámpara de Aladino en mi piel, su deseo de correspondencia pasional se ve truncado momentáneamente. Es hora de hacer turismo en bicicleta y de ser invitado por ella a cenar fuera.

Terminamos en un buffet. Allí puedo demostrar más claramente que soy un cerdo y engullo ajo y cebolla como berzas cualquier ente porcino. Tengo tanta sangre en el estómago que ni Stella Warren me la levantaría. Le propongo jugar al tute. Ella acepta, sumisa e ilusionada, aunque se esfuerza en no aparentarlo. Mujer gamba, no me engañes: te mueres de ganas por follar conmigo. Por primera vez en la vida entiendo lo que significa la palabra inoportuna aplicada a una visita femenina.

Gano a las cartas y finjo dolor de espalda. No, no me des ningún masaje. Es mejor que duerma en el suelo, mañana será un día duro y quizá tenga que trabajar en el restaurante.

Nos despertamos a mediodía, hago la compra y un viaje relámpago a un municipio colindante, en plena conurbación con la gran ciudad, me permite hablar de algo impersonal por espacio de dos horas. Hablamos de flora y fauna, dejamos al margen los sentimientos y dónde queda ubicado el restaurante. Trabajo en la planta baja, no me verás, el jefe me explota. Ella lo entiende a la primera, acabo de definir su trabajo. Yo mientras tanto disfruto de mi exilio de 6 horas, gozando de una libertad idílica, paseando por los pasillos de una facultad de humanidades. Puedo perdonar el dinero no ganado en aquel trabajo ficticio. La libertad, y ahora más que nunca, no tiene precio.

"Si tienes frío puedes dormir conmigo en la cama"- te sugiere. Se levanta al baño en bragas y camiseta, entonces descubres el embuste: había abierto la ventana. Consigues responder a tiempo y enciendes la calefacción. Duermes a pierna suelta y cuando suena la alarma a las 7 eres feliz porque en dos horas sale su avión y no necesitas más mujeres en este momento de tu vida. Driblas por última vez esos labios y te estrellas en sus mejillas. Ella sonríe pero debe de sentirse confundida. Posiblemente secuestre el avión y amenace con inmolarse si alguien, con o sin dentadura postiza, no la pone a cuatro patas en la fila cinco de bussiness class.

Te faltan fuerzas para decir que te gusta otra, es de mal gusto cuando el billete está ya comprado. Pero son estos momentos de estrechez los que me hacen entender un poquito más a las mujeres.
Ahora puedo volver a rascarme los cojones y a escupir en el lavabo, tirarme pedos y plantar pinos que son secuoyas gracias al alcohol y a las legumbres.

Ahora ella estará untada en tónico y vaselina, contoneándose en un picardías color verde pistacho que nunca quise ver, pidiendo un poquito de amor a esos basureros que de madrugada también buscan dar un cepillado...

Me pregunto qué hubiera pasado si ella no se hubiera levantado para ir al baño aquella noche. Será la eterna duda, algo así como una final de la Champions con Lehman bajo los palos.

¡Me cago en diez!

11 Mayo 2006

6 Apr 06
03:47 AM

EL CLUB DEI SINGOLI ES RECIBIDO EN LOOR DE MULTITUDES EN NYUGATI PU. Dia de mitines presidenciales, soleado domingo primaveral en Budapest. De Nyugati Pu, en pleno corazon de la urbe, hasta las orillas del Danubio, la multitud enfervorizada aplaudia y gritaba a nuestro paso. A nuestras espaldas, un individuo trajeado apostado en un atril traducia al hungaro todo lo que yo le decia. Cortaron el trafico en toda la avenida. Todos lo miraban porque al club no le gusta exhibirse, sino sentirse pensado. A la manana siguiente, en la prensa, no aparecieron nuestras fotografias. El club es multitudinario pero discreto. Solamente aparecian estadisticas. Parece que, dentro de dos semanas, volvera a ganar la izquierda en esta ciudad.

autor: Jose Alberto Andres
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11 Mayo 2006

EL CLUB SE BANA EN CALZONCILLOS Asi encabezariamos la siguiente noticia. Budapest: urbe de dos millones y medio de habitantes que cuenta con la linea de metro mas antigua del continente ( data de 1895) y el mayor numero de balnearios y aguas termales emergidas de las entranas de la tierra ( mas de 100 balnearios que arrojan mas de 19 millones de galones de agua caliente a la superficie diariamente, aunque esto ultimo lo decia un folleto y asi me creeis mas). Personajes ilustres como Bela Bartok, Laszlo Bodrogi, Ismael Perez Romero y Jose Alberto Andres han iluminado con su sapiencia y erudicion cada uno de los rincones de la capital magiar, a lo largo de la historia. Pero volviendo a los calzocillos... Los balnearios tienen un precio muy asequible, el que estuvimos se encontraba al aire libre y la edificacion era de estilo eclectico, una especie de neobarroco atestado de neo-pensionistas y gente incluso mas mayor. Presidente y brazo armado aportaron la nota de color, no solamente con sus cuerpos serranos sino tambien con la moda de primavera para balnearios. Banarse en gayumbos fue el ultimo grito, particularmente el mio, de marcado estilo "lechuguino" en la entrepierna, lo cual presuponia un inevitable inundamiento de agua que realzaba excesivamente mis encantos a la hora de salir del agua. El bano en calzoncillos, ademas de un grito a la libertad de vestuario y una sutil burla a los astronomicos desembolsos que exigia la adquisicion de un banador nuevo, propicio un nuevo record de desplazamiento de una piscina a otra, a fin de no ser captados por miradas indiscretas. Huelga decir que la toalla anudada a la cintura sirvio de gran ayuda. Nos metiamos al agua por donde se ponian las viejas, sirviendonos sus cataratas ( las de las viejas, quiero decir) de gran ayuda para no levantar sospechas. La gente jugaba al ajedrez en los bordes de la piscina y mas de uno disimulaba flatulencias apostandose en una esquina del jacuzzi y constriniendo el rostro de cuando en cuando, seguido de una sonrisa mas bien estupida. Una vez en el vestuario, habilmente, reemplazamos los calzoncillos humedos por otros nuevos y recien vestidos nos encaminados hacia los secadores de pelo distribuidos por todo el pasillo para, mientras uno vigilaba y otro secaba, devolver a los primeros calzoncillos una apariencia decorosa. Digno de mencion fue tambien escurrir esos magicos trapos en el lavabo, lavabos que realmente solo sirven para lavarse las manos. Y digo yo... como demonios se las apanaran los hungaros para lavarse la cara. Muchas, muchas son las dudas que plantea una ciudad en cuyo mapa turistico hay anuncios de senoritas que trabajan de Scort. Putas con graduado escolar, en cristiano.

autor: Jose Alberto Andres
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11 Mayo 2006

Escribo sin signos ortograficos no en pleno alarde a lo Marinetti, sino porque este teclado es terrible, en los teclados polacos no hay nada parecido a los acentos. Podreis imaginar que hemos rendido homenaje a un miembro honorifico del club y que estamos en Cracovia para honrar al papamovil y al caliz, yo mas bien a lo segundo porque no tengo ni carnet de conducir. Cracovia es al senor Wojtyla lo que Salerno era al senor Pio Doce. Mientras Ismael duerme a pierna suelta al otro lado de la pared en un cuarto comun compartido con un servidor, una cama vacia y tres individuos americanos de belleza mas bien rara, os relato que nos ha deparado este viaje de club que, como otros, sigue echando de menos al ex-presidente por mucho que el alegue que tambien eche de menos tener algo de liquidez para costearselo. Abro parentesis(. Ismael se esta haciendo viejo. Cierro parentesis. ) La edad y las sobrecargas en el empeine de su pierne derecha (asi me aventuro cuando hay un 50% de posibilidades de acertar con la pierna), sumado a unas cuantas canas ( no precisamente al aire) que bajo la lluvia se disimulan muy bien, hacen que lo tengamos que ver con otros ojos. Y es que el presidente sigue siendo como Curro Romero, pero echamos de menos uno de sus dias grandes. A favor de su reposo de 8 horas sin el cual se siente derrengado dire que no tiene facilidad para dormir en los autobuses y que me ha despertado unas cuantas veces porque mi sueno profundo me impide familiarizarme con el sonido de la alarma del movil. Aterrizamos en Budapest el domingo a mediodia. Las inmediaciones de la urbe eran muy a lo Emir Kusturica en sus films. Alli, en las afueras, no habla ingles ni el Tato, como quien dice. Nuestro viaje cuenta con un nuevo integrante: Yogui Clemente, el oso del Athletic. Tendreis sucesivos informes y documentos somoros en sucesivos mensajes. Y para resumir la semana lo haremos en forma de titulares...

autor: Jose Alberto Andres
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11 Mayo 2006

Estaba lloviendo. Pedaleaba bajo la lluvia con una inusitada fuerza, moviéndome más deprisa que la tormenta. Los charcos tardaban varios segundos en empezar a salpicar agua. Cuando llegué a la licorería me hice con dos botellas de vino.Le expliqué al tendero que tenía una cita. Era un tipo pakistaní, nacionalizado danés. Abundan por estas latitudes. Al final me decanté por un "Perdido" de Navarra, vino que a la sazón definía cómo me encuentraba en aquellos momentos a nivel vital; y un Massi cosecha de 2004. No sé dónde leí que la cosecha de 2000 fue horrenda y la de 2004 fue fabulosa, al menos en Espana, y cuando veo cualquier botella a buen precio con esa fecha un inexplicable resorte apoyado en críticas favorables de revistas especializadas me induce a comprar, compulsivamente. Le envié un mensaje diciendo que no recordaba su dirección exacta y que si podía pasar a las 11 y media de la noche, porque antes tenía que cenar, acicalarme y buscar condones. Aunque omití este tercer matiz. Tenía poco tiempo y la cena recalentada en el horno no tenía un sabor delicioso. Últimamente me sobra tanto tiempo que paso largas horas en la cocina y mi estómago se ha malacostumbrado, en el buen sentido de la palabra. En 13 minutos y seis copas vacié el contenido de "Perdido". Beber una botella de vino en una cifra de connotaciones de tan mal agüero no es positivo. Me miré en el espejo del cuarto de bano: los ojos me brillaban como zafiros enlutecidos y mis labios eran de un rojo tintorro nada atractivo. Me cepillé los dientes a toda velocidad, tratando de anticiparme al cebollón que estaba a punto de instalarse en mi cabeza. Pero "Perdido"empezaba a tirar fuerte de mí y ya en el ascensor me percaté de que pasta fentrífica decoraba la punta de mi nariz griega. Llevaba la botella de Massi en una bolsa de plástico, que colgué del manillar. Pedaleaba tarareando una canción de Albert Pla, Adelaida concretamente. La yanqui no se llamaba así, pero quién sabe si esa tal Coral no fuera oriunda de dicho estado. La bolsa bailaba de lado a lado, como los salchichones colgados en el camión en una carretera con curvas. Llegué al final de la avenida describiendo una perfecta línea zagzigueante. Su número de portal era imposible de encontrar, era una manzana de viviendas de protección oficial con decoración casi idéntica. Allí no había un alma. Un gato arqueó el lomo cuando me vio pasar y saltó al otro lado del arbusto. El cruce de mensajes se prolongó durante algo más de media hora. Estaba en el número 16, pero de otra calle. En un quiebro el cuello de la botella quedó encajado entre la horquilla y el cuadro y el siguiente quiebro provocó una explosión perfecta de vino y diminutos cristales que desbordaron la amarilla funda de la bolsa. Sólo quedaron las asas, el olor y un inmenso boquete. Mi último mensaje fue desesperado: "I HAVE BROKEN THE BOTTLE, I AM DRUNK, I AM LOST" Ella me recogió en la esquina donde habíamos quedado 4 meses atrás, cuando yo me hice pasar por estudiante recién llegado solamente por conocerla y comprobar in situ que su vivienda era un museo permanente de inmundicia y "american way of life". Lo curioso es que me tuvo que llamar por teléfono porque no me reconocía. Yo dormía apoyado en el manillar de la bicicleta, en la esquina entre dos avenidas. A ella también le brillaban los ojos. La verdad es que una botella de vino ingerida en tiempo récord, la magia de una madrugada desierta y lluviosa y la incertidumbre de pensar si se tomó en broma el mensaje que propició la cita o si ella era "de las que entendían", me hicieron verla más guapa. El maquillaje, cuando es sutil, puede hacer milagros. Cuando es abusivo sólo hace estragos... a menudo en los labios que lo besan. Una sensación similar a ingerir una cucharada de canela, pero perfumada. Una sensación de sequedad, de comer arena de playa con diferente textura y olor. Pero a Coral le sentaba bien lo que llevaba. Hablamos de cosas muy absurdas. La meteorología es un tema bastante socorrido. Ella vestía un pantalón negro a cuadros cenido y un jersey fino de algodón verde, bajo un abrigo cuyo color no recuerdo. Pero seguro que no era fucsia. Tenía un buen culo. Tuvo que darse cuenta de que se lo estaba mirando, puesto que caminábamos en fila india en mitad de aquella acera desierta e inmensamente ancha. La estampa era bastante ridícula, yo hablaba a sus espaldas, más bien allá donde la espalda pierde su nombre, y ella hablaba en el vacío. Fue entrar en su casa y comprobar que ya no olía a panales cagados, pero sí a platos sin fregar. Se notaba que ese fin de semana su hija naturista debió irse, con túnica, imperdible y todo, a casa de su padre. Ella estuvo casada mientras duró el embarazo. Luego se divorciaron. Fue un buen período de prácticas pre-parto para su ahora ex-cónyuge, supongo... Ella sacaría tajada no sólo del divorcio sino también de los antojos... Coral era delgada pero no voluptuosa. Una chica de físico normal, sin excesos pero sin perfecciones absolutas. Era un poco vizca cuando te miraba de cerca. Ella hablaba conmigo mirando a un collage ubicado un metro a la derecha y luego me describía ese collage mirándome, aparentemente, a la cara. A mí me entró la risa tonta. Le dije que collage era una palabra que sonaba graciosa en sus labios. Curiosamente, ella pilló un chiste donde ni siquiera lo había y también sonrió. Suspiré, aliviado. Nos levantamos del sofá y me ensenó el balcón, con preciosas vistas a un bloque gris y blanco de edificios estilo post-erupción Vesubiana. Volvimos dentro. Encendió la gramola y pusimos algo de música. The Doors, People are strange. Si subía el volumen no se podía hablar; si lo bajaba, un molesto rumor de altavoz torturaba nuestros oídos con ultrasonidos. Al final puso la radio. Alguien a grito pelado decía que el salmón estaba en oferta, casi regalado, en no sé qué supermercado. Pillé la indirecta. Volvió a sentarse en el sofá. Sobre la encimera de la cocina quedaban casquetes y más casquetes de botella. Debió ponerse tibia antes de verme. Yo estaba sentado en un extremo del sofá y ella recostada en el brazo del otro extremo, cruzando las piernas. Lo peor en ella eran aquellos calcetines de algodón asquerosanmente plagados de pelotillas parduzcas. Empecé a arrancarle pelotillas parduzcas con la misma adicción que quien revienta pelotillas de aire en el embalaje del nuevo frigorífico. Ella hablaba conmigo, abandonada a su suerte, respondiendo más bien por inercia. Yo a esas alturas ya usaba su muslo derecho como reposabrazos y su mano se dejaba coger. Ante un talante tan manso y abnegado no pude evitar sentirme un poco gilipollas prolongando la conversación por derroteros que a ninguno de los dos nos interesaban. Así que me lancé a la piscina y la entrada fue limpia. El sillón era muy incómodo, de hecho ella podría haberse esnucado contra el extremo donde apoyaba su espalda, pero pareció no importarle. A modo de imagen, nuestros cuerpos eran dos palos de golf iron 8 y nuestras cabezas los extremos. Mis manos empezaron a describir movimientos espirales por toda su anatomía. Lo del naturismo parece venir de familia, es la típica mujer que jamás quedaría endeudada por su factura en lencería, ya que aparte de dermis y epidermis nada más cubría su cuerpo bajo el pantalón y el suéter. Como diría Toni Leblanc en Torrente 2: eres un poco cochinota... Su cuerpo era pálido y no olía ni bien ni mal. Sus tetas tampoco eran grandes ni pequenas, pero se arrugarían muchísimo, como un melón de piel de sapo, cuando se hiciera vieja. Por lo menos eran firmes. Tardamos bastante en llegar a su habitación. Sentí un cosquilleo en el estómago cuando la cara de su hija, curiosamente sin túnica ni imperdible, nos miraba fijamente desde un portarretratos de la estantería, quizá reprochándome que las nalgas de Coral fueran azotadas cual si yo fuera Manolo y ellas mi bombo. La cabeza me daba vueltas y la suya asentía a media altura de mi cuerpo. Me llevó a su habitación. La guarra no tenía ni funda ni sábanas. Así que podía leerse nítidamente algo así como "Grupo Lo Mónaco" en alguna parte... No había luz en la habitación y en la penumbra era difícil imaginar el color real de aquel colchón. Apliqué todo el repertorio de posiciones que las clases de psicomotricidad y Windsor Pilates me habían ido ensenando con el paso de los anos. Las pelis porno rayan lo ordinario. Ella, al menos de palabra, lo gozaba todo. "OH YEAH", decía, sin demasiada convicción. Su lubricidad era pasmosa, al menos a horas intempestivas. Tuve que echar un vistazo para cerciorarme que, en efecto, me había equivocado de agujero. A ella no solamente pareció no importarle, sino que volvió a asentir, con mayor cadencia, a media altura de mi cuerpo nuevamente tan pronto como abandoné la umbría de aquel hoyo. Por momentos me sentía como un jinete que pasaba de la doma clásica a la recta final del hipódromo. Por desgracia me quedé dormido y el panorama que descubrí a eso de las 9 de la manana no era demasiado alentador. Motitas blancas jalonaban algo oscuro, a la sazón sus cabellos. Suaves y casposos, a partes iguales. Quizá en mitad del crudo invierno ella consiguiera negarlo, pero lo cierto es que hacía ya un mes largo que no nevaba... Súbitamente perdió su lubricidad; inspeccioné el territorio con detalle. Digamos que todo estaba "deforestado", como un pollo congelado, con pelo sólo en la cabeza. El colchón era una completa gama de colores que antes fueron blancos, que mutaban al kaki y se degradaban en ocres. Me invitó a desayunar. Finalmente sólo tomé un vaso de agua. La manana era muy soleada y aquello parecía dar un poco de vida al interior de la vivienda. Su hija seguía mirándonos desde el portarretratos, ahora con una sonrisa ecuánime. Parece que ya se había familiarizado conmigo... Coral caminaba con un suéter por el apartamento solamente. Me hizo gracia la manera en que empujó con el cono el cajón de los cubiertos. Me preguntó por mi tesis y por un montón de cosas, con total naturalidad, como si allí no hubiera pasado absolutamente nada durante las últimas horas. Ya no recuerdo ni lo que le respondí, tenía mal cuerpo y maldije una y mil veces no haberle preguntado a su debido tiempo dónde guardaba el jodido bote de lubricante. Me preguntó también si había usado muchas veces el truco del mensaje para acostarme con chicas. Ciertamente es la primera vez que lo hago. Parece un buen invento. Lo que me desilusiona en cierto modo es no haberlo patentado antes. Me cago en diez!

autor: José Alberto Andrés
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11 Mayo 2006

Y en esto que llegó el viernes por la tarde, a las puertas de un fin de semana de paro forzoso, ya que en esta región del globo, pese a que la religión se la sude a todos bastante, se cumple muy religiosamente con los periodos vacacionales. Acababa de comer y recibí otra respuesta a uno de mis mensajes, en esta ocasión a un mensaje formal pidiendo cita para cenar con una chica que hacía tiempo no veía y que, quizá en tiempos, y valga la redundancia, hubiera aceptado encantada la oferta. No fue así. Muy educadamente me respondió que lo sentía mucho pero que tenía que decir que no, porque había conocido a un hombre. También en mi periodo de ausencia del país. Parece mentira, te vas dos semanas y se ponen todas a follar como locas y no sólo eso, sino que también se enamoran. Cuando me vaya de aquí definitivamente puede ser el cataclismo... En esto que yo no sabía qué responder, porque se me quedó una cara de gilipollas bastante considerable. Aunque en el fondo me alegraba por ella: en esta vida no hay que perder el tiempo, la ocasión la pintan calva. Me aburría un montón y, antes de seguir cancelando más móviles inhábiles almacenados en la tarjeta SIM decidí mandar el mensaje tipo a cada teléfono nominado para ser suprimido: "HELLO, I AM DRUNK AND HORNY, CAN YOU HELP ME?" Primero lo envié a aquellas personas que estaba seguro no se acordarían de mí por todo el tiempo que había pasado y por las etílicas circunstancias en que habían hablado conmigo, después a otra serie de números de personas que quizá tuvieran un vago recuerdo de mí a las 5 de la madrugada en cualquier bar con los Gipsy Kings de fondo. Tal es la influencia de la música latina aquí que sólo suenan ellos y reggeaton. Envié 11 mensajes y recibí 3 respuestas. Una de ellas preguntaba que quién era. Respondí "I AM DIONI, I WORK IN PROSEGUR" No recibí respuesta. El segundo, la respuesta fue clara: "NO!!!!!!!!!" La mía, lógica: "WHY?" Me dijeron algo así como que no estaba interesada en mí, y que no había sido muy cortés en el mensaje del otro día. Se trataba de una chica menuda que no hacía sino quejarse de cuánto le dolían los pies, así que yo le pregunté por qué tal estaban sus zapatos del 35 y el resto de su pequeno cuerpo. Si fuera una mujer oriental se lo hubiera tomado como un cumplido... Pero aquí, donde las mujeres te sacan medio palmo a veces y donde comen perritos calientes de medio metro, toda pequenez ofende. Me sugirió que cancelara su número. Yo, haciendo valer mi personalidad y mi orgullo, le respondí: "NO. BETTER YOU DELETE MINE" Dos días después le mandé un mensaje para preguntar si había borrado mi número y me respondió de tal guisa: "WHO ARE YOU?" Así que supongo que sería la resaca o que en efecto había desaparecido para siempre de su vida. Debe de andar por la calle ahora mismo, haciendo rappel para bajar los bordillos de las aceras... Otra respuesta del mismo tipo fue la que recibí por parte de Coral, la mentora de Jorge, uno de mis amigos de København. "WHO ARE YOU?" me preguntó. Y he aquí la sucesión del diálogo: "JOSÉ" "-YOU ARE FUNNY, BUT NOT TONIGHT" "THAT´S A PITY THAT, BEING NEIGHBOURS, WE CAN´T MEET. LET ME KNOW WHEN YOU ARE AVAILABLE" "-MAYBE TOMORROW I GO TO THE TOWN. WE COULD MEET THERE WITH MY FRIENDS" "OK" ...A Coral la conozco de un día. Me hice pasar por estudiante recién llegado para que ella me diera algunas indicaciones y de paso conocerla. Jorge me había dicho que era una madre soltera, yanqui, que se dedicaba a pintar y a vivir de las ayudas del gobierno para madres solteras y vagos en general. Vivía a unos doscientos metros de donde yo y su forma de comportarse era un tanto extrana. Cuando ella conoció a Jorge era agosto y acudió con su hija en una cestita, como aquella del río en la escena de la Biblia. Una sábana azul cubría a su hija, cuyo nombre no recuerdo. Para sorpresa de Jorge, cuando Coral apoyó la cestita en el suelo, en pleno centro de København y a la sazón en pleno esplendor de la canícula, la criatura se encaramó al borde, saltó de la cesta y empezó a caminar con una especie de toga azul, la sábana en cuestión... Hasta que se la quitó y siguió paseando en bolas por la plaza. Inculcando el naturismo desde la lactancia... Por otra parte el vago recuerdo que tenía de su casa era una cafetera con grumos en el filtro, cuadros de dudosa calidad, porque si yo me dedicara a dibujar los munecos de los semáforos conseguiría un arte mucho más figurativo y colorista, y además había panales desperdigados por cada una de las estancias. Olía todo a panales cagados y a "american way of life". Suelen parecerse bastante ambos olores, por otra parte. Por contra, ella no parecía la típica cerda, bajo el estricto punto de vista de la higiene personal y sin meterme a juzgar su idiosincrasia bajo o sobre las sábanas o contra o sobre el fregadero o cruzada o a lo largo de la alfombra o sentada o arrodillada ante la silla. Eran las ocho y media de la tarde y yo estaba a punto de ducharme y afeitarme para ir a casa de mis amigos, en una más que previsible jornada de viernes. Cuando estaba a punto de salir por la puerta recibí un mensaje inesperado que cambió el curso de los acontecimientos, que me hizo olvidarme de los panales cagados, del naturismo de plaza mayor y del arte no figurativo de una madre soltera, vaga y mentora: "IF YOU ARE NOT TOO DRUNK YOU CAN BUY SOME WINE AND COME TO MY PLACE AT 11..." Era viernes Santo y quizá sólo por eso las únicas tiendas abiertas eran las licorerías y los seven eleven... Puse pies en polvorosa y, a bordo de una de mis diez bicicletas, me planté en la licorería cuando el dueno empezaba a cerrar la verja de la calle... Grandes sorpresas nos depara esta cita furtiva e improvisada, pero os las revelaré manana... Club!

autor: José Alberto Andrés
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11 Mayo 2006

(CONTINUACIÓN, CORTÉ EL RELATO SIN QUERER)... Aunque la respuesta no fue demasiado extensa sino más bien de este tipo: "?" O de éste otro, más en plan pregunta retórica, del tipo un tipo caído de los árboles te pide el diero y tú le respondes: "me estás atracando?": "ARE YOU THREATING ME?" En fin, creo que sobran los comentarios... Y AHORA SÍ, PASAMOS DE LA PAJA ( EN EL BUEN SENTIDO DE LA PALABRA) A LOS HECHOS. O, si no queréis que os lo diga en prosa pero en verso: PASAMOS DE LA INTRODUCCIÓN Y LLEGAMOS AL MEOLLO DE LA CUESTIÓN Hablando con Jorge y Sergio y dando un rápido repaso a una chorbagenda más bien renqueante, como alguien en El Vaticano hace poco más de 12 meses... ...llegamos los tres a la conclusión de que mandar mensajes sin sentido quizá tuvieran una respuesta. El mensaje sin sentido, surrealista, absurdo, escogido, fue el siguiente: "HELLO! I AM DRUNK AND HORNY. CAN YOU HELP ME?" O como diría el cariacontecido profesor de academia: "HOLA! ESTOY BORRACHO Y CACHONDO. ME PUEDES ECHAR UNA ( O LAS DOS) MANO (S)?" Y las respuestas vendrán manana... en la tercera parte de este primer capítulo de... "SEXO EN KØBENHAVN" Me cago en diez! P.D.: (Sólo para los censores): La historia, desde el punto de vista de ciertos instintos primarios que propician la creación y más directamente el líbido, el autodeleite con una sola mano y la voluptuosidad, irá in crescendo.

autor: José Alberto Andrés
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