Estaba lloviendo. Pedaleaba bajo la lluvia con una inusitada fuerza, moviéndome más deprisa que la tormenta. Los charcos tardaban varios segundos en empezar a salpicar agua. Cuando llegué a la licorería me hice con dos botellas de vino.Le expliqué al tendero que tenía una cita. Era un tipo pakistaní, nacionalizado danés. Abundan por estas latitudes. Al final me decanté por un "Perdido" de Navarra, vino que a la sazón definía cómo me encuentraba en aquellos momentos a nivel vital; y un Massi cosecha de 2004. No sé dónde leí que la cosecha de 2000 fue horrenda y la de 2004 fue fabulosa, al menos en Espana, y cuando veo cualquier botella a buen precio con esa fecha un inexplicable resorte apoyado en críticas favorables de revistas especializadas me induce a comprar, compulsivamente. Le envié un mensaje diciendo que no recordaba su dirección exacta y que si podía pasar a las 11 y media de la noche, porque antes tenía que cenar, acicalarme y buscar condones. Aunque omití este tercer matiz. Tenía poco tiempo y la cena recalentada en el horno no tenía un sabor delicioso. Últimamente me sobra tanto tiempo que paso largas horas en la cocina y mi estómago se ha malacostumbrado, en el buen sentido de la palabra. En 13 minutos y seis copas vacié el contenido de "Perdido". Beber una botella de vino en una cifra de connotaciones de tan mal agüero no es positivo. Me miré en el espejo del cuarto de bano: los ojos me brillaban como zafiros enlutecidos y mis labios eran de un rojo tintorro nada atractivo. Me cepillé los dientes a toda velocidad, tratando de anticiparme al cebollón que estaba a punto de instalarse en mi cabeza. Pero "Perdido"empezaba a tirar fuerte de mí y ya en el ascensor me percaté de que pasta fentrífica decoraba la punta de mi nariz griega. Llevaba la botella de Massi en una bolsa de plástico, que colgué del manillar. Pedaleaba tarareando una canción de Albert Pla, Adelaida concretamente. La yanqui no se llamaba así, pero quién sabe si esa tal Coral no fuera oriunda de dicho estado. La bolsa bailaba de lado a lado, como los salchichones colgados en el camión en una carretera con curvas. Llegué al final de la avenida describiendo una perfecta línea zagzigueante. Su número de portal era imposible de encontrar, era una manzana de viviendas de protección oficial con decoración casi idéntica. Allí no había un alma. Un gato arqueó el lomo cuando me vio pasar y saltó al otro lado del arbusto. El cruce de mensajes se prolongó durante algo más de media hora. Estaba en el número 16, pero de otra calle. En un quiebro el cuello de la botella quedó encajado entre la horquilla y el cuadro y el siguiente quiebro provocó una explosión perfecta de vino y diminutos cristales que desbordaron la amarilla funda de la bolsa. Sólo quedaron las asas, el olor y un inmenso boquete. Mi último mensaje fue desesperado: "I HAVE BROKEN THE BOTTLE, I AM DRUNK, I AM LOST" Ella me recogió en la esquina donde habíamos quedado 4 meses atrás, cuando yo me hice pasar por estudiante recién llegado solamente por conocerla y comprobar in situ que su vivienda era un museo permanente de inmundicia y "american way of life". Lo curioso es que me tuvo que llamar por teléfono porque no me reconocía. Yo dormía apoyado en el manillar de la bicicleta, en la esquina entre dos avenidas. A ella también le brillaban los ojos. La verdad es que una botella de vino ingerida en tiempo récord, la magia de una madrugada desierta y lluviosa y la incertidumbre de pensar si se tomó en broma el mensaje que propició la cita o si ella era "de las que entendían", me hicieron verla más guapa. El maquillaje, cuando es sutil, puede hacer milagros. Cuando es abusivo sólo hace estragos... a menudo en los labios que lo besan. Una sensación similar a ingerir una cucharada de canela, pero perfumada. Una sensación de sequedad, de comer arena de playa con diferente textura y olor. Pero a Coral le sentaba bien lo que llevaba. Hablamos de cosas muy absurdas. La meteorología es un tema bastante socorrido. Ella vestía un pantalón negro a cuadros cenido y un jersey fino de algodón verde, bajo un abrigo cuyo color no recuerdo. Pero seguro que no era fucsia. Tenía un buen culo. Tuvo que darse cuenta de que se lo estaba mirando, puesto que caminábamos en fila india en mitad de aquella acera desierta e inmensamente ancha. La estampa era bastante ridícula, yo hablaba a sus espaldas, más bien allá donde la espalda pierde su nombre, y ella hablaba en el vacío. Fue entrar en su casa y comprobar que ya no olía a panales cagados, pero sí a platos sin fregar. Se notaba que ese fin de semana su hija naturista debió irse, con túnica, imperdible y todo, a casa de su padre. Ella estuvo casada mientras duró el embarazo. Luego se divorciaron. Fue un buen período de prácticas pre-parto para su ahora ex-cónyuge, supongo... Ella sacaría tajada no sólo del divorcio sino también de los antojos... Coral era delgada pero no voluptuosa. Una chica de físico normal, sin excesos pero sin perfecciones absolutas. Era un poco vizca cuando te miraba de cerca. Ella hablaba conmigo mirando a un collage ubicado un metro a la derecha y luego me describía ese collage mirándome, aparentemente, a la cara. A mí me entró la risa tonta. Le dije que collage era una palabra que sonaba graciosa en sus labios. Curiosamente, ella pilló un chiste donde ni siquiera lo había y también sonrió. Suspiré, aliviado. Nos levantamos del sofá y me ensenó el balcón, con preciosas vistas a un bloque gris y blanco de edificios estilo post-erupción Vesubiana. Volvimos dentro. Encendió la gramola y pusimos algo de música. The Doors, People are strange. Si subía el volumen no se podía hablar; si lo bajaba, un molesto rumor de altavoz torturaba nuestros oídos con ultrasonidos. Al final puso la radio. Alguien a grito pelado decía que el salmón estaba en oferta, casi regalado, en no sé qué supermercado. Pillé la indirecta. Volvió a sentarse en el sofá. Sobre la encimera de la cocina quedaban casquetes y más casquetes de botella. Debió ponerse tibia antes de verme. Yo estaba sentado en un extremo del sofá y ella recostada en el brazo del otro extremo, cruzando las piernas. Lo peor en ella eran aquellos calcetines de algodón asquerosanmente plagados de pelotillas parduzcas. Empecé a arrancarle pelotillas parduzcas con la misma adicción que quien revienta pelotillas de aire en el embalaje del nuevo frigorífico. Ella hablaba conmigo, abandonada a su suerte, respondiendo más bien por inercia. Yo a esas alturas ya usaba su muslo derecho como reposabrazos y su mano se dejaba coger. Ante un talante tan manso y abnegado no pude evitar sentirme un poco gilipollas prolongando la conversación por derroteros que a ninguno de los dos nos interesaban. Así que me lancé a la piscina y la entrada fue limpia. El sillón era muy incómodo, de hecho ella podría haberse esnucado contra el extremo donde apoyaba su espalda, pero pareció no importarle. A modo de imagen, nuestros cuerpos eran dos palos de golf iron 8 y nuestras cabezas los extremos. Mis manos empezaron a describir movimientos espirales por toda su anatomía. Lo del naturismo parece venir de familia, es la típica mujer que jamás quedaría endeudada por su factura en lencería, ya que aparte de dermis y epidermis nada más cubría su cuerpo bajo el pantalón y el suéter. Como diría Toni Leblanc en Torrente 2: eres un poco cochinota... Su cuerpo era pálido y no olía ni bien ni mal. Sus tetas tampoco eran grandes ni pequenas, pero se arrugarían muchísimo, como un melón de piel de sapo, cuando se hiciera vieja. Por lo menos eran firmes. Tardamos bastante en llegar a su habitación. Sentí un cosquilleo en el estómago cuando la cara de su hija, curiosamente sin túnica ni imperdible, nos miraba fijamente desde un portarretratos de la estantería, quizá reprochándome que las nalgas de Coral fueran azotadas cual si yo fuera Manolo y ellas mi bombo. La cabeza me daba vueltas y la suya asentía a media altura de mi cuerpo. Me llevó a su habitación. La guarra no tenía ni funda ni sábanas. Así que podía leerse nítidamente algo así como "Grupo Lo Mónaco" en alguna parte... No había luz en la habitación y en la penumbra era difícil imaginar el color real de aquel colchón. Apliqué todo el repertorio de posiciones que las clases de psicomotricidad y Windsor Pilates me habían ido ensenando con el paso de los anos. Las pelis porno rayan lo ordinario. Ella, al menos de palabra, lo gozaba todo. "OH YEAH", decía, sin demasiada convicción. Su lubricidad era pasmosa, al menos a horas intempestivas. Tuve que echar un vistazo para cerciorarme que, en efecto, me había equivocado de agujero. A ella no solamente pareció no importarle, sino que volvió a asentir, con mayor cadencia, a media altura de mi cuerpo nuevamente tan pronto como abandoné la umbría de aquel hoyo. Por momentos me sentía como un jinete que pasaba de la doma clásica a la recta final del hipódromo. Por desgracia me quedé dormido y el panorama que descubrí a eso de las 9 de la manana no era demasiado alentador. Motitas blancas jalonaban algo oscuro, a la sazón sus cabellos. Suaves y casposos, a partes iguales. Quizá en mitad del crudo invierno ella consiguiera negarlo, pero lo cierto es que hacía ya un mes largo que no nevaba... Súbitamente perdió su lubricidad; inspeccioné el territorio con detalle. Digamos que todo estaba "deforestado", como un pollo congelado, con pelo sólo en la cabeza. El colchón era una completa gama de colores que antes fueron blancos, que mutaban al kaki y se degradaban en ocres. Me invitó a desayunar. Finalmente sólo tomé un vaso de agua. La manana era muy soleada y aquello parecía dar un poco de vida al interior de la vivienda. Su hija seguía mirándonos desde el portarretratos, ahora con una sonrisa ecuánime. Parece que ya se había familiarizado conmigo... Coral caminaba con un suéter por el apartamento solamente. Me hizo gracia la manera en que empujó con el cono el cajón de los cubiertos. Me preguntó por mi tesis y por un montón de cosas, con total naturalidad, como si allí no hubiera pasado absolutamente nada durante las últimas horas. Ya no recuerdo ni lo que le respondí, tenía mal cuerpo y maldije una y mil veces no haberle preguntado a su debido tiempo dónde guardaba el jodido bote de lubricante. Me preguntó también si había usado muchas veces el truco del mensaje para acostarme con chicas. Ciertamente es la primera vez que lo hago. Parece un buen invento. Lo que me desilusiona en cierto modo es no haberlo patentado antes. Me cago en diez!
autor: José Alberto Andrés
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