No me gusta la música del Bessie, al menos hasta media hora antes de cerrar. Siempre te colocan temas de rockabillies, por hache o por be alguien te ve disfrutar de tu copa en paz y soledad, y se te arrima para dar la tabarra. Como si le hubieras invitado a venir. Así que la cosa siempre acaba igual: cuando empiezan a poner buenas canciones, cuando suenan Canned Heat o Ten Years After, siempre tienes a alguien dándote la paliza, personas de esas que piensan que cuando se sale por la noche hay que conocer a gente nueva, hablar, ser simpáticos, o ser sociables, como dicen para justificarse. Después llega la hora de cerrar, los gintonics te han sentado mal por culpa de alguien a quien le encanta entablar conversación con desconocidos. Deberían darles una lección.
La de esta noche era una tipa de unos treinta, peinada como si acabara de concursar en Humor Amarillo, aunque a tenor de su conversación me parece que ella veía poco la tele. Después de una charla inservible se puso a hablar del capítulo de Los Simpson en el que Homer cambia su nombre, pero no conseguía recordar por cuál.
Después de dos chupitos de vodka se acordaba todavía menos, y yo no le iba a ayudar. Insistió en si yo venía por el bar, a lo que resignado contesté que sí. Fui sociable hasta la saciedad, me despedí con la excusa de tener que trabajar, y la dejé buscando su abrigo. Homer se cambiaba el nombre por el de Max Power, lo había sacado de una marca de secadores. Yo esperaba olvidarme cuanto antes, mientras pensaba que a veces es mejor quedarse en casa.