Mayo es el mes de las flores, dicen. También el mes de María. Pero en mayo puede haber algo más que madres, y existen otros nombres, a quien conmemorar más allá de un amor platónico.
Te levantas por la mañana y el espejo te grita, entre desconchado y desconchado, que sigues tirando tu vida a la basura. Los exámenes te agobian, también la infructuosa búsqueda de curro, incluso la excesivamente fructífera peregrinación de mujeres hasta tu alcoba. Te sientes tentado de colgar un cartel que rece "no hay billetes" o un "no más amantes" en la puerta, o dejar claro que a dormir se va uno a su casita. Pero te faltan fuerzas y tienes que sufrir, ofrecer tu brazo izquierdo extendido y comprobar horrorizado cómo se te duerme, mientras una mujer cree haber descubierto el amor al aplastar su cráneo contra mi axila y dormita con una sonrisa feliz. Es entonces cuando te ves forzado a adoptar actitudes un tanto extrañas, como encender el grifo mientras meas, o rellenar de papel higiénico el interior de la letrina para que la mierda no haga ruido al chapotear en el agua. Incluso tienes que ir a la cocina con la excusa de beber un vaso de leche, simplemente para tirarte un pedo en condiciones y rascarte los cojones como un mandril. A veces dormir con una mujer es incómodo como un uniforme en preescolar. 
Posiblemente te ilusionas con tu próximo viaje, te sientes sentimentalmente marinero y vas a la aventura, incluso te olvidas el diccionario de inglés en la mesilla y sientes la obligación de comunicar con las manos, como un italiano más. El viaje supera tus expectativas, te supera, te hace pensar y decir cosas que rebasan el umbral de la pastelosidad. Crees gozar de la tan ansiada soledad en una cama de noventa por unos días pero pronto te das cuenta de que no es así. Alguien viene a visitarte, te pilló en un momento de flojera, le dijiste que sí, que podía venir, te preguntó que qué podía traerte, le respondiste que chorizo, lencería y vaselina... y luego encima tienes que salir del atolladero y preservar tu condición de hombre aun si intentas driblar cada coito con especial vehemencia.
La mujer gamba. Por supuesto, le sobraba la cabeza. A veces pienso que algunas mujeres son algo así como un mecano, las piezas encajan pero los colores desentonan. Tiene el entrecejo pelado, los cabellos apestan a Nenuco y no hace falta tener rayos equis para intuir que la Selva de Oza empieza allá donde no se depila la moza.
Intentas ser cordial pero frío. Una mujer jamás te va a preguntar en un aeropuerto que por qué no le metes la lengua hasta la campanilla. Le doy dos besos y me atrinchero con la maleta entre los dos. No osa a besarme. Es sábado y la noche presupone alcohol y lascivia. Vamos a casa de un amigo escandinavo, bebemos cerveza y cualquier cosa que haga espuma. Llegamos al centro en bicicleta dando relevos de birra, en fila india. Hay mucha gente y ella se pega demasiado, su cuerpo parnasiano y su rostro cubista. En Venecia podría colar por un bellezón, allí al fin y al cabo llevan máscara. Alguien me toca el brazo. Son sus tetas, firmes, semiesféricas, abundantes, sólidas, como un bunker albanés. Bebo y bebo y recibo consejos sabios de amigo verdadero o sexualmente frustrado. Todos coinciden en lo mismo: ¡fóllatela!
Forzado por las circunstancias y el cansancio, regresamos a casa. Entro en la habitación como si fuera una pelota haciendo pinball contra el marco. La cama es de noventa pero sólo veo sesentainueves bordados en el almohadón. Ella va primero al baño. La peste a nenuco me impide plantar un buen pino. Salgo del retrete y allí está ella, sobre la cama, tumbada, aún vestida. "¿Por qué no te tumbas a mi lado y me hablas de tu vida en este país?", me pregunta con una sonrisa. Parece que para hablar sólo puedes ponerte tumbado en una cama estrecha, junto a una mujer que trata de abrirse demasiado y que se hace la sorda aunque le hables a dos milímetros escasos de su boca, como cantaba Jesús Vázquez... Se respira el aroma del deseo: huele toda ella a una extraña mezcla de tónico facial, agua de Nenuco y feromonas.
Apuro el último trago y nos besamos. Con demasiada pasión. Hay que terminar cuanto antes, serán sólo cinco minutos, quizá así me deje tranquilo, pienso vagamente, imbuido de cierta arrogancia justificada. Al cabo del rato los dos estamos en pelotas y el pelo de su pubis me hace cosquillas en el vientre. Así está mejor. Antes podría haberme limpiado los zapatos con su mata de pelo salvaje. La chica es guapa de pies a mentón.
Está amaneciendo, en este país no hay persianas y sólo los ciegos tienen la dicha de no verse en la obligación de mirar a alguien a la cara cuando fornican. ¡Cómo te envidio, Stevie!
Es precisamente en ese momento en que un cuerpo desnudo se contonea sobre ti cuando formulas una pregunta retórica del tipo: "¿te parece que coja un condón?". Ella, que no coge ni los chistes del 20 minutos, en fin, me he pasado porque yo tampoco los pillo a veces... Ella, que no coge ni los chistes (digámoslo en general), se pone seria y con total desgana me dice "no sé". El pincho moruno vuelve a quedarse sin guarnición y regresa vacío al frigorífico, como quien dice. Mientras tanto, quizá recapacitando en sus palabras, ella te pide que por favor esperes, que tiene que ir al baño. No me lo dice, pero seguro que tiene que limpiarse los bajos, o purgarlos, en el lavabo o en el urinario, respectivamente. Llegados a ese punto me siento algo culpable, algo así como Gene Wilder en la escena final de "La mujer de rojo". Y si él puede rechazar a Kelly Le Brock, yo, por qué no, también puedo rechazar a la mujer gamba.
Cuatro horas después abro los ojos y compruebo la inmensidad de una cama de 90 cuando es toda para mí. Ella está durmiendo en otro colchón, en el suelo, embutida en mi albornoz a cuadros. Hago como si no he visto nada y sigo durmiendo. Así el tiempo pasa más deprisa. Mientras tanto, vuelvo a soñar con otra persona que está un poquito lejos en la distancia y demasiado cercana en el recuerdo.
Amaneces a la hora de comer, actúas como si nada hubiera pasado, dar los buenos días con una sonrisa te exime de cierta sexualidad forzada. Agradeces al destino que tengas que enseñar dos horas de español y te turba que justo cuando no sientes el deseo hasta las alumnas coqueteen contigo. Incluso se me escapa un leve pedo, pero a ella no le importa: es fumadora.
Regresas a tu habitación con el bolsillo lleno, los gases a flor de piel y el ego por las nubes. Bendito tenis. La final dura cinco horas largas y Nadal sorprende a Federer en el último set. Larga tregua antidiálogo sentados en idéntico sofá, horas en las cuales puedo mirar a la pantalla de un televisor y no inventar conversaciones que no me interesa mantener. La mujer gamba me palpa la pierna, dice que está dura. Normal, pienso, estás palpado el hueso. Ella insiste en exaltar mi fortaleza, o mi sobrecalcificación. Elogia la dureza de mi antebrazo, cual si del brazaco de un fascista gobernador de California se tratara. Es el codo, mujer. Ella desiste de su plan y se pasa a lo sutil. Ahora me acaricia con suavidad, pero yo sigo a lo mío. Cuando dice estar enamorada de ese deporte, me pregunta qué es romper el servicio y empiezo a dudar de sus gustos. Pienso incluso que sería capaz de aguantar una final de doma clásica, fingiendo falsa excitación. Tras veinte minutos frotando la devaluada lámpara de Aladino en mi piel, su deseo de correspondencia pasional se ve truncado momentáneamente. Es hora de hacer turismo en bicicleta y de ser invitado por ella a cenar fuera.
Terminamos en un buffet. Allí puedo demostrar más claramente que soy un cerdo y engullo ajo y cebolla como berzas cualquier ente porcino. Tengo tanta sangre en el estómago que ni Stella Warren me la levantaría. Le propongo jugar al tute. Ella acepta, sumisa e ilusionada, aunque se esfuerza en no aparentarlo. Mujer gamba, no me engañes: te mueres de ganas por follar conmigo. Por primera vez en la vida entiendo lo que significa la palabra inoportuna aplicada a una visita femenina.
Gano a las cartas y finjo dolor de espalda. No, no me des ningún masaje. Es mejor que duerma en el suelo, mañana será un día duro y quizá tenga que trabajar en el restaurante.
Nos despertamos a mediodía, hago la compra y un viaje relámpago a un municipio colindante, en plena conurbación con la gran ciudad, me permite hablar de algo impersonal por espacio de dos horas. Hablamos de flora y fauna, dejamos al margen los sentimientos y dónde queda ubicado el restaurante. Trabajo en la planta baja, no me verás, el jefe me explota. Ella lo entiende a la primera, acabo de definir su trabajo. Yo mientras tanto disfruto de mi exilio de 6 horas, gozando de una libertad idílica, paseando por los pasillos de una facultad de humanidades. Puedo perdonar el dinero no ganado en aquel trabajo ficticio. La libertad, y ahora más que nunca, no tiene precio.
"Si tienes frío puedes dormir conmigo en la cama"- te sugiere. Se levanta al baño en bragas y camiseta, entonces descubres el embuste: había abierto la ventana. Consigues responder a tiempo y enciendes la calefacción. Duermes a pierna suelta y cuando suena la alarma a las 7 eres feliz porque en dos horas sale su avión y no necesitas más mujeres en este momento de tu vida. Driblas por última vez esos labios y te estrellas en sus mejillas. Ella sonríe pero debe de sentirse confundida. Posiblemente secuestre el avión y amenace con inmolarse si alguien, con o sin dentadura postiza, no la pone a cuatro patas en la fila cinco de bussiness class.
Te faltan fuerzas para decir que te gusta otra, es de mal gusto cuando el billete está ya comprado. Pero son estos momentos de estrechez los que me hacen entender un poquito más a las mujeres.
Ahora puedo volver a rascarme los cojones y a escupir en el lavabo, tirarme pedos y plantar pinos que son secuoyas gracias al alcohol y a las legumbres.
Ahora ella estará untada en tónico y vaselina, contoneándose en un picardías color verde pistacho que nunca quise ver, pidiendo un poquito de amor a esos basureros que de madrugada también buscan dar un cepillado...
Me pregunto qué hubiera pasado si ella no se hubiera levantado para ir al baño aquella noche. Será la eterna duda, algo así como una final de la Champions con Lehman bajo los palos.
¡Me cago en diez!
5 jun 2006 | 10:39 AM
Este relato se me había quedado escondido en un comentario. Es sencillamente muy grande, demasiado, empieza a dar miedo. Gracias a mi compi de trabajo, Eva, que ya es fan de los relatos josealbertianos, lo he descubierto e idolatrado. Bravo por Jose, tus seguidores somos legión