Nos tenemos que remontar al verano pasado, vísperas de un 26 de Julio, Fiesta Nacional de Cuba. Dos albaceteños decidimos emprender rumbo a la Habana para poder pasar allí siete días. Allí coincidiríamos con otro grupo de albaceteños que ya conocíamos y que llevaban una semana en la capital cubana.
Tuvimos la suerte que conocimos al cabo de un par de noches a dos jóvenes chicas cubanas en el Malecón al son de una pareja de muchachos, uno con una guitarra, que iban paseando entorno al Malecón y cantando al gran Silvio Rodríguez. Estas chicas se llamaban Dayana y Yenis.
Dayana, una joven de 18 años a punto de comenzar la universidad, se mostraba muy extrovertida y fue con la que hice más "migas" en ese instante.
Yenis era una chica cubana de 26 años que trabaja en una agencia de viajes de Cuba. Menos extrovertida que la anterior, pero no por ello menos simpática.
Se encontraban sentadas al lado de nuestro nutrido grupo de albaceteños. No tardaron en irse el resto de paisanos para poder dejarnos a solas con ellas. Allí empezamos a contarnos nuestras vidas y cómo y por qué habíamos decidido llegar hacia esta preciosa isla caribeña. Tardamos en marcharnos pero ya nos encargamos ambos de facilitarnos todos nuestros datos para poder vernos al día siguiente.
Al amanecer nos dimos cuenta que ya estábamos en el día 26 de Julio. Festivo y momento en el que Fidel Castro procediera a lanzar su habitual discurso. Decidimos ver el discurso, al principio Fidel Castro dijo que sería breve. Y lo fue, cuatro horas de discurso que vimos respetuosamente en la habitación de nuestro hotel puesto que este año Fidel Castro haría el discurso en el Teatro Karl Marx y no en la Plaza de la Revolución ante la atenta mirada de José Martí.
Al término del discurso llamamos por teléfono a nuestras dos amigas cubanas y decidimos quedar de nuevo en el mismo lugar de la pasada noche. Otra noche más de charlas y de paseos que nos sirvió para conocer aún mejor la capital. Pero lo que no sabíamos es que al día siguiente, Cuba iba a depararnos un par de sorpresas.
Amanece, mi amigo decide madrugar para ir a tomar el desayuno gratuito que nos ofrecía el hotel. Yo preferí seguir durmiendo. Esa mañana no salimos del hotel. Cuando llegó la tarde decidimos contactar con un joven cubano llamado Giovanni. Este contacto nos lo facilitó un compañero de trabajo. Debíamos darle una mochila repleta de cosas que le enviaba su familia que vive en Albacete. Decidimos quedar en la Plaza de Armas. Allí nos estaba esperando. Un atleta cubano masón de 27 años que estaba completamente salido. Las mujeres eran su perdición. Nos dimos cuenta de esto último porque para agradecernos que le lleváramos lo que le enviaban desde España, nos enseñó sitios en los que todavía no habíamos estado en la Habana y de paso fue piropeando a cada muchacha que pasaba por su lado. Nos explicó un poco su filosofía de la vida… intentó convencernos de que Cuba estaba plagada de masones, que el pertenecía a una fraternidad masónica, que si alguna vez si liara con una "chica" y descubriera que lo que tiene entre las piernas no es lo que esperaba él, sino que tienen más cosas en común de lo que él esperaba, lo mataría… De paso aprovechó para ir parando por cada cafetería y así ir ya emborrachándonos a base de mojitos y de cerveza "bucanero".
Nos despedimos. Íbamos muy borrachos mi amigo y yo. Estábamos perfectamente a más 6 km. de nuestro hotel. Pero como íbamos tan borrachos no calculamos bien las distancias y decidimos emprender el camino de regreso a pata por todo el Malecón. A poco menos de medio camino recorrido escucho "chiis, chiis". Nos estaban llamando dos chicas cubanas preciosas. Yo acudí hacia ellas como si se tratasen de cantos de sirenas. Nos preguntaron nuestros nombres, ellas nos dijeron los suyos. Y nos liaron. Eran hermanas. Nos hicieron invitarlas (de nuevo) a unas cervezas. Cuando estábamos a medio de la cerveza va y me dice la chica que se había acomodado conmigo: Entonces… ¿te apetece un poco de "mete-saca-chupa" conmigo? Respondí que sí con mi voz balbuceante fruto del alcohol. A todo esto mi amigo intentó por un momento ser la voz de la razón. Les dijo que no podía ser, que habíamos quedado dentro de media hora con unos compañeros españoles… entonces la que se le había acoplado a él le preguntó "¿qué estudias?" Y respondió "Derecho", entonces la mía se rió y dijo "Mira, igual que tú Leire, así pueden hablar ustedes dos de leyes". Decididos en que nos apetecía practicar eso que llamaban "mete-saca-chupa", Leire fue en busca de una casa para que pudiéramos estar a solas. No fuimos al hotel puesto que no les iban a dejar pasar a ellas. Al cabo de unos minutos regresó y dijo que ya había encontrado una casa pero que debíamos pagar unos 10 euros a modo de alquiler. Llegamos a la casa. Allí nos esperaba el dueño al cual le dimos la cifra estipulada. Pasamos. Tenía dos plantas. No penséis que era una mansión. La planta de abajo era la cocina y salón sin paredes y arriba había una triste y cochambrosa cama no mucho más grande que una de matrimonio. Apenas sin luz. Leire (la chica de mi amigo) dijo que puesto que sólo había una cama propuso que estuviéramos los cuatro ahí metidos. Mi chica se negó y yo también porque me daba más morbo el estar con ella en esa cocina-salón apoyados en el taburete de la cocina. Bajamos escaleras para abajo ella y yo y sucedió lo que tenía que pasar. Evidentemente nadie en la planta de arriba habló de leyes sobre esa cama destartalada.
Ya nos despedimos. Las chicas dijeron que nos esperarían al día siguiente en el mismo lugar que nos encontramos. No fuimos. Lo único que recuerdo de mi chica era que tenía 27 años. No recuerdo nada más, ni siquiera su nombre.
Emprendimos camino de nuevo a lo largo de todo el Malecón. Todavía seguíamos borrachos. Llegamos al hotel. Nos duchamos. Dentro de una hora nos esperaban nuestras amigas Dayana y Yenis.
Acudimos a nuestra cita. Pasamos una noche ya más tranquila con ellas, hablando, paseando… hasta que de repente la Policía Cubana nos para. Nos pide primero a nosotros la documentación. Se la enseñamos. Todo en orden. Se las pide a ellas. Habla por radio con la central y aún viendo que desde la central les dice que están "limpias", viene un coche policía y se las llevan con la única explicación de que se las llevaban a la Comisaría Zapata C. Eran cerca de las 2 de la madrugada. Inmediatamente cogimos un taxi. En cuanto le dijimos al taxista que nos llevara a "Zapata C", nos preguntó que qué habíamos hecho. Le explicamos todo lo ocurrido mientras nos llevaba. Creo que nos estaba siguiendo la historia como a dos idiotas porque daba la sensación de que no se creía nada.
Llegamos a la Comisaría. Bajamos del taxi y en la entrada un guardia nos retiene. Nos pide explicaciones de por qué queríamos entrar. Dijimos que se habían llevado a dos amigas arrestadas sin motivos y nos dejó pasar. La comisaría era escalofriante. Enorme y a la vez vacía de cualquier elemento decorativo. Únicamente lo imprescindible. Había un mostrador. Dentro de el un policía. Me dirijo hacia él para hablarle. Le cuento lo sucedido. Sale del mostrador, se mete por una puerta. Al cabo de un minuto sale acompañado de un hombre. Era como el típico policía blanco de las películas americanas: delgado, pelo despeinado, con un cigarro en la boca, media camisa por fuera y la otra mitad por dentro del pantalón, barba de un par de días, y con la mirada cansada, como de estar harto ya de su trabajo. Era el Comisario Jefe. Nos empezó a interrogar. Un interrogatorio en el cual buscó que nos contradijéramos. Dijimos la verdad. Dijimos que ellas no eran prostitutas. Que eran dos amigas y que por ese motivo habíamos ido a la comisaría, para decirles que se estaban equivocando. El interrogatorio terminó con una terrible frase. "Márchense. Ya no volverán a verlas más". Nos quedamos helados. La única solución que se me ocurrió fue llamar por teléfono a un compañero de 30 años de Albacete que estaba en la Habana, miembro del PCE. Me dijo que me tranquilizara, que enseguida iba para allá. Y así fue. Al cabo de 20 minutos llegó. Nos dijo que nos dejará hablar a él. Se dirigió hacia el Policía del mostrador y le enseñó el carnet del PCE y que quería hablar con el Comisario Jefe. El del mostrador salió corriendo a avisar al comisario. Salieron los dos de nuevo por la puerta y entonces mi amigo del PCE le enseñó de nuevo su carnet y le explicó lo sucedido. No hubo interrogatorio, no hubo frase escalofriante, hubo la mejor frase que podíamos haber escuchado, que al cabo de una hora ellas estarían fuera. Que se habían equivocado, que lamentaban el error, que esa noche ya habían divisado a unos cuantos turistas con unas prostitutas y que esta vez habían pensado lo mismo.
Cerca de las 5 de la mañana, llegamos al hotel. Sin ganas de más fiestas. Al abrir la puerta de la habitación, debajo de la puerta encontramos una nota de la recepción del hotel de aviso de llamada en la cual podía leerse "Soy Dayana. Yenis y yo estamos bien y en casa".
No pretendo alargarme mucho más. Simplemente terminar este relato diciendo que Dayana y Yenis fue lo mejor que nos pudo pasar en la Habana. Entre las millones de anécdotas que trajimos mi amigo y yo, coincidimos plenamente que sin ellas, el viaje no hubiera sido lo mismo. No ocurrió nada entre ellas y nosotros. Simplemente eso que se llama amistad. Una amistad que sirvió para que ellas pasaran casi todos los días con nosotros a cambio de nada, una amistad que sirvió para que la última noche que estuvimos allí nos invitaran a cenar con lo que supone para una economía como es la de un cubano. Sirvió para brindarnos un sentido abrazo dos horas antes de partir hacia el aeropuerto y de decirnos un "Hasta pronto".
Jesús Molina
Cojones, Jesús! Tienes mucho talento, este relato me ha llegado al alma. Las historias mejicanas vividas con Ismael y don Miguel Vaca no tienen parangón, o cuando menos una de ellas podría ser calificada de alto secreto. Espero con impaciencia nuevas experiencias vitales, con o sin éxito amatorio. He recordado las novelas de Pedro Juan Gutiérrez en el modo en que describes el Malecón, el funcionamiento poco ortodoxo de la justicia cubana y la sordidez de algunos escenarios intramuros... Al final nos queda la amistad como telón de fondo, ese regalo que tan poco valoramos cuando nos dejamos impresionar por las meras apariencias.
Mi más sincera enhorabuena, primero por vuestro comportamiento, acorde con los principios de nuestro club, y segundo por tener la deferencia de compartirlo con todos nosotros.
Jesús acabo de leer la historia sobre tu viaje y me ha conmovido. La verdad es que yo viví algo parecido pero yo segúi con la relación de amistad con un amigo por teléfono y hoy es mi pareja. Hoy precisamente hacemos 2 años y te puedo decir que hay personas maravillosas en todo lados y tú tuviste la suerte de encontrarte con ellas en tu viaje para que hiciera de él algo inovlvidable. Saludos
Jesús me gustó tu comportamiento valiente, yo tambien estuve en la Habana hace dos semanas y entiendo todo lo que tú relatas. No hay derecho a que esas personas tengan que vivir en esas condiciones por culpa de un descerebrado que apenas tiene aliento para andar.Yo tambien tuve una experiencia en la Habana con Madelaine , una joven de 22 años con un niño de 2 años el cual su padre no se hacía cargo y la verdad es que dá un poco de pena que vivan en casas que se hunden literalmente, y aún sigan conservando la sonrisa. Un saludo
Lei tu relato y creo deberias de escribir libros, pues me parece muy entrenido tu relato. Yo he ido a Cuba varias veces pero no me quedo en La Habana, me voy a la provincia lejos de la zona del dolar, perdon del CUC, por cierto no se como pudiste soportar 4 horas viendo lo que dice Fidel, si todo se puede resumir en unas cuantas frases, "estamos bien, pese al bloqueo del Imperio, salud y educación gratuita, bla bla bla," por cierto, en Mexico la educación y la salud tambien es gratuita, solo que yo gano 1800 dolares al mes y no los irrisorios 30 CUC de Fidel paga a los profesionistas, por cierto me llamó la atención ver a un médico en bicicleta, eso nunca lo he visto en México.