El tránsito de la adolescencia a la madurez es un proceso arduo, en ocasiones penoso y a menudo parco en sexualidad, entendiendo por sexualidad aquello que vaya más allá del trío falange-falangina- falangeta, del cinco contra uno o del chascarrilo italiano que reza : "Federica, la mano amica".
Yo contaba con casi 17 anos por aquel enconces, diciembre del 97, aquella en la que aborrecimos el anuncio de "hola, soy Edu, feliz Navidad". Solía escribir versos becquerianos cuando terminaba los deberes, poemas y poemas dedicados a una tal Raquel, a quien por supuesto jamás se los di en mano. Nunca he sido hombre de una sola mujer, sobretodo cuando la mujer que me gustaba me daba largas. Así que me empezó a gustar otra chica, también llamada Raquel. Afortunadamente podía practicar cierto tipo de "poesía multipropiedad", ya que para más inri las dos eran morenas y tocayas. Al cabo del tiempo una se tinó el pelo de un color burdeos horroroso, como de cordero lechal degollado. Luego todo vino de seguido: mi primer beso, los virajes de la poesía bucólica y virginal a la prosa crítica y descarnada, así como mi falta de imaginación para encontrar rimas consonantes más allá del "mechas color burdeos hacen tus cabellos feos".
Podréis suponer que el acné, la fimosis, la poca calada que la seducción de corte intelectual tenía en adolescentes histéricas fans de los Back Street Boys ( que pudiera traducirse, no sin desviarnos sustancialmente, por "los chicos de la acera de enfrente"), la negativa de los chinos de la tienda de todo a cien a venderme videos porno y el escaso disfrute que las interviú del peluquero me brindaban una vez cada tres meses, convertían mi vida sexual en un abismo crónico, angosto y profundamente sombrío.
Aun con todo no me rendí. Empecé a salir los fines de semana con mis amigos. Lógicamente tenía hora de llegada a casa y no llevaba gafas porque tenía complejo, así que me sentía como un híbrido entre Cenicienta y Rompetechos. Aunque ni siquiera llegaba a lo primero porque el toque de queda estaba fijado a las 10 y media pe eme.
Sábado 2 de enero de 1998, calle Moncasi, Zaragoza, bar J.B. Mi vestuario no era demasiado acertado: unos pantalones Carrera Jeans Tassoni color menstruación, conjuntados con una camiseta de licra de manga larga con la palabra "cyber- tranx" hilvanada en las mangas, apestando a Jacq´s y aclarando cada cinco minutos que no era el sarampión, sino los cortes con la Wilkinson Sword, lo que provocaba aquella textura en mi mentón. Ni siquiera en Salerno existiría por aquellas fechas un look más hortera. Yo rayaba el límite, era lo hortera con hache intercalada.
Voy a intentar resumir todos los puntos de la jugada para que el relato no se eternice:
1.: Grupo de chicas a la derecha.
2.: Amigos bebiendo cerveza,en círculo.
3.: Alarde seductor: le pregunto a Óscar, un amigo, si me presta su vaso de cerveza. "Quiero hacer como si bebo aunque no trague una sola gota, quiero impresionarla"
4.: Con los labios impregnados de espuma de cerveza ataco mi primer objetivo, la chica más cercana, la primera a la derecha.
5.: No me presta más atención que los jueces a Ramón Sampedro. Me siento hundido en mi propia mierda, mierda que a esas alturas de round parece arenas movedizas.
6.: Ataco a la siguiente. Ahora realmente elijo, descarto a la segunda a la derecha porque su envergadura es la propia de un coche capaz de aparcar en primera y doble fila sin cruzarlo en el aparcamiento. Aclarado que esa mujer era más fácil de ser saltada que rodeada llego a mi objetivo: Marta Gómez Pérez, estudiante de B.U.P., quien me enternece con su níveo rostro, su atenta escucha y su dulce perfume.
7.: "Puedo regalarte una rosa?", le pregunto en tono pastelón, no reparando en que las sorpresas van más allá del "toma dinero y cómprate algo por tu cumpleanos"
8.: "Sí", me responde, frunciendo el ceno pero sin dejar de sonreír.
9.: "Entonces espérame aquí, que voy a buscar a una de esas chinas que las venden y regreso pronto"
10.: Regreso al cabo de media hora y no hay rastro de Marta.
He aquí la jugada del fracaso del inocentón con poluciones, del enamorado de la rima consonante. Ahí van unos versos para ti, Poeta, ente devaluado que le escribe al amor sin jamás haberlo catado.
Las chinas huyen con su flor en oferta,
envuelta en plástico para amantes ramplones
que no le echan un par de cojones
y al fin la ilusión marchita, la rosa muerta.
De todos modos a veces el destino se apiada de ti, tu ninfa se esfuma pero sus amigas no solamente siguen bailando en ese corro sin la mujer que deseas, sino que además te reconocen y ejercen de Celestina. Así pues, consigo una cita con Marta a las 9 de la noche del sábado 9 de enero del... 98.
La semana del 3 al 9 fue la más prolífica de mi abundante y estrepitosamente fracasada trayectoria como poeta, cursi como las películas de Rafael. Contaba los días, las horas, los minutos. Estaba mentalizado para hacer un buen partido. Como soy puntual, aparecí en el bar J.B a las 7 y media, siquiera para tener un amplio margen de localizar a esa china de los cojones que vendía rosas pero que no estaba a la vista cuando yo más la necesitaba... La indumentaria elegida suponía un claro avance: pantalón vaquero y camiseta de manga corta. Sencillo, como Julio Iglesias posando para Hola, con menos entradas y menos tablas en el asunto.
El hecho de no llevar gafas hacía que viera en todas a Marta... cuando en realidad no era así. Del mismo modo que las avestruces no reparan en lo ridículo que es ser vistas metiendo la cabeza bajo tierra aunque no repares en tu entorno, ridículo es que un miope entrecierre los ojos, con cara de estrenido, para ver siquiera las marcas de tabaco de la máquina expendedora que dista 3 metros de donde yo me encuentro. No veo tres en un burro pero soy todo yo, Poeta devaluado, un burro en tres dimensiones.
Llega la hora, me impaciento, nadie llega. Mis amigos hacen mofa y también porra para pagarme una puta en la calle del Caballo. Al final me dan una colleja y me dejan sin puta cuando les pregunto si puedo pedirle rollo a la meretriz. Romanticismo devaluado, como el putero que lleva el desayuno a la cama a su concubina esporádica. Me cago en diez! Esto no es Pretty Woman!
Pero la banca salta, la sorpresa me pilla desprevenido, nada puedo hacer a una hora tan simétrica, a las 9 y 9 minutos del sábado 9 de enero... Una de sus amigas, una tal "Verónica", se dirige hacia mí y me dice que Marta me espera. Me coge de la mano y me lleva hasta el fondo del bar, ante la mirada atónita de mis amigos.
Marta me aguardaba junto a un espejo haciendo esquina con el retrete, hermosísima, con esos ojos color miel Granja San Francisco y esos labios de fresa Bretona, esos pechos- melón de Villaconejos y esa tez cetrina de tocino de cielo. Toda ella dulce, rezumando candor e inocencia. Casi como yo. Parecía también su primera vez.
Nos dimos la mano. Tardé un poco en coger el truco a esto de entrelazar los dedos, cuando lo único que los había entrelazado hasta la fecha eran bolsas de Sabeco repletas de comida. Nos dirigimos hacia la parte opuesta del bar, nos miramos con la duda de quién tomaría la iniciativa tatuada en nuestros rostros de sonrisa temborosa, de movimientos descoordinados, de boca trémula que se entreabre, de cuello que dribla la testa ajena, afrontando el impacto final entre dos paladares que se ansían, que se desean, pero que no saben por dónde rematar.
Así que el balón se estrella contra la barrera, como quien dice. El choque de dientes resuena como los tambores de Calanda en Semana Santa. Pero al cabo de tres o cuatro mazazos consigo entrar de lleno y nos abrazamos. Mi candidez impide que el erotismo vaya más allá de acariciar su cinturón, como si fuera José Bonaparte abrazando un botijo de tintorro.
Cambiamos de bar, nos besamos con una canción de Jarabe de Palo. Hasta que apareció una jodida amiga de los cojones, colgada del brazo del novio, que no tenía mejor momento para contarnos su vida. La cuenta atrás seguía su veloz discurrir y quedaban 32 minutos para el toque de queda. A Marta le dejaban quedarse hasta las 11, así que era complicado inventar una excusa para desaparecer antes de tiempo sin que ella sospechara cierta inquisición materna.
Salimos a la calle. Yo me siento estúpido, entre tres personas que dialogan y me ignoran. Mientras la pareja de novios tocapelotas dialogan con Marta, tan sólo el cordón umbilical de nuestras manos entrelazadas me hace ser consciente de estar unido a una realidad que me es hostil y punetera. Pronto la situación se torna aún más surrealista. Viene un jincho a pedirme tabaco. Como no tengo, me saca un cortaunas y me pide dinero. Le doy lo que tengo, disimuladamente, introduciendo la mano derecha en mi bolsillo mientras la izquierda sigue unida a Marta, quien sigue embelesada en aquella charla con la pareja de los cojones.
La situación riza el rizo, como quien dice, cuando el jincho, dinero en mano, cambia de bando y saluda a Marta con un efusivo abrazo. Al poco desaparece, también la pareja tocapelotas, y todo me parece un enredo típico de una versión cutre del film "el golpe".
Nos besamos junto a un contenedor de basura, en la esquina de la calle Moncasi con otra cuyo nombre no recuerdo.
"Mirad, es el delegado! " dice un chico desde el otro lado de la calle.
"Oh, sí, es el delegado!"
"Sigamos al delegado!"
Sólo me faltó perder el zapato cuando puse pies en polvorosa, arrastrando literalmente a Marta por la calle, para que vieran mis companeros de clase un signo en todo aquello, signo a la sazón más propio de la vida de Brian que de la vida del delegado... Vida privada asaltada sin piedad por jinchos inoportunos y companeros indiscretos...
Llegamos a su portal a las 22:25, a kilómetro y medio de mi casa. Invento la excusa de que tengo que encontrarme con otros amigos y que prefiero dejarla antes en casa porque de lo contrario se quedaría colgada. Sorprendentemente no pone pegas a mi voluntad, pero tan pronto suena la puerta al cerrarse empiezo a correr como un descosido, incluso por el carril de los taxis. Tras batir el récord de la milla nocturna en zapatos y calcetines a cuadros, llego a casa sudoroso y a tiempo, rozando las 22:31. No hay castigo.
Al día siguiente tengo excursión con el club ciclista. Los dejo a todos clavados cuando el terreno se empina. Se nota a kilómetros que algo, que alguien, me motiva. Veo los pezones de Marta en cada vértice geodésico de esos montes pelados que rodean Zaragoza. Después de 50 kilómetros de infierno regreso a casa y decido llamarle desde una cabina. Nueva muestra de Poeta fracasado e inocente, conversación que reproduzco íntegra. Ejemplo práctico de qué no hay que hacer con una chica si no queremos que la chica piense que somos gilipollas...
-FRACASADO: "Hola Marta, qué tal?"
-MARTA: "Bien, y tú?"
-FRACASADO: "Todo en orden. Te llamo para saber si puedo llamarte manana a eso de las 3 y cuarto de la tarde"
-MARTA: Ok
-FRACASADO: Entonces te llamo manana. Un beso.
Estoy en racha, quedo con mis amigos en la plaza mayor del barrio a las 5 de la tarde y entro corriendo y haciendo el avioncito, como si fuera Ronaldo... aunque al final la vida, el destino, transfigurado en Ronaldo - cabrón, me haría un calvo y me pondría los dientes largos...
LLega el lunes 11, en el colegio hay diez minutos de reflexión por la manana. La da el profesor de filosofía, el senor Tartaj, un tipo jocoso que desde aquel día dejó de caerme tan bien...
"Aquí tenemos a nuestro ínclito delegado... Me ha dicho un oajarito que quien la sigue la consigue... Sirva su beso como ejemplo de constancia, en relación con esta semana 34 de tiempo ordinario..."
Me cago en el nuevo testamento. El inoportuno profesor jocoso debería de ir escribiendo un nuevo testamento para él porque dentro de mí saltaban chispas y el fin de sus días parecía estar cercano... Pero me contuve. Por otra parte, ambas Raqueles, la sin mechas y la desgraciada por las mechas color burdeos que tornan los cabellos feos, deberían de estar celosas. Ya no habría más versos para ellas. Ahora sólo tenía una ninfa, una mujer que les daba mil vueltas...
Ha llegado a mi vida una tal Marta,
así que ahora, so guarra, aparta.
Lo bucólico se perdió para siempre. Precisamente porque a las 3 y cuarto de la tarde, cuando le llamé y me respondió al decimocuarto pitido, me propuso que fuéramos sólo amigos. 
El primer beso de mi vida fue un choque de dientes. La primera relación que quise mantener supuso un choque de caracteres incompatibles. Me sentí Steve Urkel seduciendo a Laura Winslow... fracasado, con cerebro pero sin experiencia... Hundido en mi propia mierda, una vez más.
Me cago en diez!
17 ago 2006 | 12:43 PM
La saga fuga de j.b. ¿jose bono? ¿Jose blanco?
17 ago 2006 | 08:44 PM
el amor verdadero
espero que al menos no llevase aparato como me pasó a mí, que me hizo herida y todo
como en las peores películas estadounidenses