Desde la presidencia del Club quiero agradecer a Jose que siga mandando contenidos en etos duros días estivales de calor, aunque aviso que nuestro poeta estará ausente tres semanas. Pasalo bien.
POr otro lado Eva me ha comentado los problemas que hay con la página del Club en el teletexto de A3 (pp890). Lo he estado mirando y estoy pensando cambiarlo de sitio, en cualquier caso si os da problemas avisadme, y gracias Eva por la rápida información.
Os dejo con 'Aquí huele a Chamusquina'

AQUÍ HUELE A CHAMUSQUINA

La noche tiene esencia de lujuria, esencia de alcohol, de multas por aparcar en doble fila, de recibos de tarjeta de crédito que descubrimos a los dos días. La noche, en fin, es una mezcla de esencias. Pensé en aquello por primera vez mientras un camión de la basura terminaba su intempestiva batida. Estaba en horas bajas; no sé por qué pero me acordaba de Alexia. Siempre he asociado la noche con malos olores, con fracaso, con frustración. Por la noche estudiaba mis exámenes, por la noche regresaba a casa apestando a nicotina, por la noche de cuando en cuando tenía poluciones. Pero no siempre ese azabache surcado por estrellas tiene que tener connotaciones oscuras.

El año estaba a punto de terminar, así como mi paciencia. Envidio a todos esos países que terminan de celebrar la Navidad el 1 de enero. No había comprado lencería roja, ni siquiera cerillas para quemar papeles con promesas estúpidas. Los gurús mentalistas psudopsicólogos de filosofía barata nos enseñaban a cómo vivir la vida desde el otro lado de la pantalla. "Meted un papelito en un pastillero, escribid en él lo que os está haciendo más daño, metedlo en el congelador y esas personas o circunstancias adversas cambiarán a mejor". Miranda acababa de dejarme y su amistad se me antojaba fría. Por eso dudé en meter el pastillero al congelador o al microondas. Para más inri el pastillero era metálico, así que el microondas petaría. Todo era un círculo vicioso, abrí la ventana y tiré el papel. Hacía suficiente rasca como para que la escarcha le durase unos días.

Al final quedé con Sergio, un paisano al que conocí en Copenhague, que ya había terminado el cuatrimestre y regresaba a una de tantas ciudades peninsulares, criadero de rubias de bote: Zaragoza. Fuimos al 976. Hace unos años dejó de existir como prefijo para llamadas dentro de la provincia, hoy su único legado es una sala de baile con el mismo nombre. El portero es un tipo rumano fortachón e inculto, como cualquier otro portero de discoteca. Comienza la ruleta de la fortuna. Unos entran gratis, otros pagan 5 euros, otros 35. Lo que le venga en gana. Es su modo de joder a la gente y de paso hacer cálculo mental. Caímos en una casilla de dos cifras que nos sumía en bancarrota, así que sabiamente cambiamos de destino y nos dirigimos a Café Hispano.

Café Hispano siempre ha sido un feudo de divorciadas, peluqueras con mechas imposibles, adictas al trabajo que bailan con el vaivén del rodillo de una Hermes del 57, recién operadas que esperan la ovación del admirador indiscreto con el que jamás se acostarán pero que les hará sonreír... Mujeres que despiertan pasiones, que acaparan multitudes, pero solas en la vida, como casi todos cuando llegamos a cierta edad. En Café Hispano sólo hay cuatro tipos de hombres: calvos, bigotudos, culturistas o jovenzuelos curiosos, a menudo con acné y sin un chavo en el bolsillo. El local es amplio y las camareras consiguen con sólo agacharse a por hielos que las bocas de todos esos amantes potenciales, solitarios o carentes de sexo, se abran como la de un cochinillo atragantado por una manzana en un restaurante de postín del centro de Segovia.

La indumentaria de muchas mujeres allí congregadas supera con creces el ridículo de María Jiménez en traje de plumas cantando a Sabina. Podría decirse incluso que la media de edad allí era la Edad Media. De todos modos tuve suerte y vi a dos mujeres que aún no habían recibido la puntilla de los cuarenta. Sergio apuraba su cerveza a tragos desmesurados mientras yo iba al baño a mear. Al regresar reparé en una mujer de rasgos latinos y pecho abundante, firme y escotado que bailaba con un patoso engominado que me lanzaba miradas disuasorias. Lo curioso es que la chica me miraba y sonreía con dulzura, yo me sentía en necesidad de corresponderle y el hombre la abrazaba con falso disimulo. Se trataba de un confuso triángulo de deseos insatisfechos. Al poco rato desapareció y me puse a hablar con ella, le insinué que no mirara de ese modo mientras bailaba con su marido. No era su marido. Mi siguiente insinuación fue que no me mirara de ese modo mientras bailaba con su novio. Tampoco lo era. Ni siquiera amigo. De hecho estaba deseando que se largara. Asimilada esa contradicción en su conducta le insinué que no me intimidara de ese modo apuntándome con sus pechos, que mejor me hablara de perfil. Bailamos un poco y empecé a inventarme mi propia historia.

Sergio terminó bebiéndose mi cerveza, ahora a pequeños sorbos, disfrutando del espectáculo. Ruth, que así se llamaba, tenía 39 años. "Nadie se cree que mi hija vaya al instituto, más bien al contrario, me preguntan que a qué guardería la mando". A simple vista parecía guapa, incluso el déficit de belleza al encenderse todas las luces por cierre de local resultaba inapreciable. "¿Cómo te vas a casa?", preguntó Ruth. Andando, le respondí. "¿Y te pilla de paso?". No exactamente, pero te acompaño unos minutos.

La caminata duró media hora, me habló un poquito de su país, Colombia, de su hija, de su ex-marido, incluso de su ex-amante, un policía nacional que la dejó plantada por la amiga de aquélla. Yo dije que era costaricense afincado en Copenhague. Ella bromeaba sobre mi acento neutro, irreconocible. Y es que todos, Marcelo y Pedro sobretodo, conocen ese acento. Le acompañé hasta su portal, me invitó a entrar porque hacía frío pero yo sólo lo sentía en mis manos. Ella se ofreció a calentármelas y a los pocos minutos estábamos en cueros junto al cuarto de las calderas, escaleras abajo. Cuando tuve esos dos obuses del amor delante de mi boca empecé a devorarlos con mayor avidez que Carpanta un jamón de pata negra. Ruth me puso burrísimo y estuvimos a punto de hacerlo sobre unos cartones, pero me confesó que era precisamente junto a ese cuarto de calderas, en el entresuelo, donde vivía. Y su hija probablemente estaría despierta viendo la tele en el salón. Volví a casa contrariado, erecto y con las manos frías. Dura combinación.

No sé por qué le envié un mensaje. No le decía nada especial, simplemente que tuviera un buen día en el trabajo y que suerte con todo. A continuación borré su número de la agenda y me olvidé de ella. Sin embargo a las pocas horas Ruth empezó primero a mandarme mensajes, luego a llamarme. Lo curioso es que los mensajes los mandaba justo después de sus interminables charlas al otro lado del auricular y eran rematadamente estúpidos.

En uno de ellos me decía: "Hola".

Yo, como soy un caballero, le respondí de idéntico modo. Al cabo de un par de minutos me llegó otro mensaje algo más extenso: "¿Qué tal?" -decía.

"Bien", repliqué.

Ruth me asombró con una frase provista incluso de verbo, lo cual la elevaba al rango de oración gramatical: "¿Puedo preguntarte una cosa?"

Lógicamente yo le respondí con un escueto "Sí".

Ruth volvió a decirme cuatro cosas, nunca mejor dicho:"¿Podríamos vernos de nuevo?"

Y llegados a este punto dudé entre poner "sí" o "bis"...

Me agobiaba con sus llamadas, por la tarde, por la noche, de madrugada. Yo le soltaba burradas. A veces hablábamos de cosas más serias, como literatura. Pero cuando toqué el tema de Apollinaire y ella me dijo que también tenía alergia a eso y a las gramíneas decidí darla por un caso perdido.

También hablábamos de sexo. Cuando los consejos de los gurús televisivos huelen mal y la Navidad apesta, las pocas oportunidades de follar gratis que te ofrece la vida huelen de maravilla. No podíamos quedar en su piso por su hija, así que me propuso ir a un parque o pensar en una solución alternativa. Me puse a leer a fondo el Heraldo en su sección de contactos, algo que no hacía desde mi pubertad. Di con unos apartamentos llamados "Mercedes", que se alquilaban por horas o noches. Con dos horas tendría más que suficiente, pensé, pero la broma no bajaba de los 35 euros. Una hora eran sólo 20, pero vaya, más vale que sobre un poquito, pensé. Le envié un mensaje crudo pero lógico: "Los apartamentos están en el barrio de Delicias. Salimos a 17'5 euros por cabeza, dime hora y día" A partir de entonces le dio por hacerme preguntas retóricas del tipo "¿Es que sólo te apetece follar?", aunque no lo preguntaba con enojo sino con desilusión. Ella buscaba algo más. Algo que no es serio pero en verdad lo es. Porque una mujer a la que te folles más de una vez siempre volverá, como Terminator.

Ruth seguía llamándome y preguntándome cosas ridículas, yo mientras tanto seguía preguntándole por sus tetas y aleccionándola en la medida de lo posible sobre lo provechoso de no follar a oscuras, de ir más allá del misionero y de saber corresponder el sexo oral. Yo siempre he tenido una teoría sobre eso: si somos capaces de lamer el borde de los sobres para cerrarlos, ¿por qué no de lamer otras cosas, llámese bajar al pozo o amorrarse al pilón? Ruth me dijo que no la chupaba hasta que no cogiera confianza con la otra persona. Y es que la confianza en pareja parece radicar en lo rápido que te la empiecen a chupar, pensé. Por eso irse de putas genera tanta confianza recíproca: a ellas porque saben que cobrarán, a ellos porque saben que se la chuparán. Resultaba curioso, en suma, todo ese rato de charla. Ella se aburría y me llamaba. Yo me resentía y me desahogaba.

Por fin un día me llamó desde el trabajo, limpiaba en una casa de buena familia, en mi barrio, junto a un parque. Los dueños se iban a celebrar el fin de año al Pirineo y ella se quedaba sola. Nunca entendí por qué me decía eso si al yo proponerle encontrarme con ella allí se escandalizaba y cambiaba de tema. Finalmente accedió y me ahorré 17 euros con cincuenta.

La contraseña para entrar era complicada. Ningún vecino podía verme y había portero físico. Afortunadamente en la puerta de entrada figuraba el nombre y apellidos de cada inquilino, así que cuando me preguntó dije uno al azar. De todos modos siempre hay cierto factor de riesgo en todo eso porque puedes decir el apellido del portero y él sospechar del asunto porque le huele mal...

Noveno cuarta. Caminé a gatas desde el ascensor hasta la puerta porque Ruth nunca acertó a entender que las mirillas no están hechas solamente para mirar de frente, pero en fin, qué se puede esperar de gente alérgica a cierto escritor francés y a las gramíneas...

Ruth me recibió como una vieja gloria, como la caída de Roma, como alguien que está en horas bajas... No llevaba maquillaje, caminaba descalza y vestía un antiestético tejano, ceñido al menos, y una camiseta que regalaban con la "bati-cao" hace muchos, muchos años. Me di cuenta entonces de que era enana, que sus manos apestaban a lejía y que esos obuses del amor, esos gruesos volúmenes donde encajar un marcapáginas que crece por instantes, esos flanes con guinda, flotaban libremente bajo la prenda de algodón y caían a plomo sobre el ombligo. La firmeza es una propiedad concomitante a toda belleza, cuando menos a todo valor añadido en el sexo. Lo firme está erecto, lo firme no está fofo. A lo peor, puede estar escayolado.

Ruth me explicó cómo moverme por la casa para no cambiar nada de lugar, ya que temía ser descubierta. "Seguro que hay cámaras", me dijo. Al final no terminamos en una habitación sino simplemente retozando en el sofá. Ella se quedó en silencio y me pidió que no hablara "Hay cámaras", volvió a repetirme. Mordía un cojín para no gemir y permaneció hiératica. Por supuesto, duré tres minutos y me quedé con una extraña sensación, como si fuera un necrófilo. Lo cierto es que no llegué a comprender por qué guardar silencio si había cámaras y éstas captan imágenes... Me limpié en el cuarto de baño con un albornoz de rizo que encontré a mano. Ruth entró ya medio vestida y sorprendida de la brevedad del encuentro. No me dijo nada, nos despedimos con un beso y quedamos en seguir hablando, aunque probablemente no nos veríamos más y esto era de mutuo acuerdo.

2005 terminaba con un bagage de 16 mujeres, 9 nacionalidades y 2 continentes en el casillero de mi lista del folleteo. Pedro de Arencibia no las tendría ya todas consigo. Amor a granel por doquier.

Apenas salí de aquel lujoso piso recibí otro mensaje absurdo:
"Quiero preguntarte algo" , rezaba.
"¿Qué?", respondí.
"¿Dime, Holía mal?".

Olor a decepción. Olor a ignorancia. Olor a sentirnos espiados por cámaras ficticias. Holores extraños, aquellos por los que Ruth me preguntaba.

Tanto hablábamos de esas cosas los días precedentes, en mi vano afán de aleccionarla para que luego ni siquiera me la chupara por falta, parece ser, de confianza, que le relaté mi experiencia con Alexia. Ruth se había hecho un buen cortafuegos allá abajo y estaba rasurada como un pollo de a pieza. Tres minutos es poco tiempo pero da tiempo a todo, a bajar al pozo incluso. Sin embargo tres minutos es tiempo que apremia, viaje relámpago al primer umbral que atravesamos al nacer y terminar al poco rato, antes de limpiarme con un albornoz de rizo en el cuarto de baño. No olía mal. Simplemente no olía.

La vida está llena de olores. Los olores de lo mío con Ruth fueron variables. Dulces la primera noche, empalagosos en sus llamadas, inquietantes en las estribaciones de nuestro único encuentro, inexistentes al bajar al pozo, estridentes al descubir ciertas faltas de ortografía. Un olor que cambia, pero no a mejor. Faltaba el gurú navideño de promesas depositadas en pastilleros metálicos. Ruth volvió a preguntarme varias veces si "holía" mal, jamás le respondí, decidí dejarle con la duda porque hay cosas que se sienten y no hace falta preguntar. Nuestro encuentro olía mal, aroma de asco por una vida injusta para ella, aroma de dolor por un corazón roto por una holandesa para mí. Algo empezaba a oler a chamusquina, ciertamente. Había que levantar un poco el pie del acelerador y no saltarse más desvíos en una vida bastante desprovista de alicientes, la mía, por aquellas fechas. Y al final el gurú embaucador, aquel encuentro, seguir pensando en Miranda, la Navidad, la abulia, mi estulticia casi crónica en suma, irían todos al congelador y desbordarían aquel pastillero que no daba a basto para tantas cosas que deseaban ser olvidadas.

La vida está llena de olores. Olámosla y olámonos.
¡Me cago en diez!