"Sabes que volverás, que te hallas condenado a regresar, humilde, donde fuiste feliz. Sabes que volverás porque la dicha consistió en marcarte con la nostalgia, convertirte la vida en cicatriz..." Así podía comenzar este relato e incluso también terminar con las anteriores líneas escritas. Y es cierto, Donde fuiste feliz alguna vez no deberías volver jamás. La crudeza de cómo el tiempo hace estragos en tus amistades, en aquellos que considerabas tus amigos se ha hecho patente este verano, donde el anterior era simplemente un anuncio de lo que sucedería en este.

Llegué a Santa Pola el lunes 31 de julio. Santa Pola es un pueblecito de la costa levantina muy cercano a la localidad de Elche. He ido a veranear allí prácticamente todos los años de mi vida. Pocas personas tienen la suerte de conocer en una sola calle a tantos buenos amigos como he tenido allí. Un grupo de chicos y chicas indivisible hasta que te das cuenta que creces. Descubres cuando llegas que aquellas casas que ocupaban tus amigos ahora están ocupadas por otras familias o simplemente ese espacio está relleno por una persiana blanca bajada y que no permite que penetre ni un solo rayo de luz. Cada rincón está marcado por recuerdos, anécdotas que ya no volverán o que quizá otras generaciones se encarguen de suplantarlas. Bajé del coche, no sé que era lo que me pesaba más, si mi mochila con la ropa o la pena que sentí al ver este panorama tan desolador. Pero sabes que no tienes que ser pesimista, que probablemente estas vacaciones te sirva para reencontrarte con personas aunque simplemente sea tan sólo unas horas. Sabes que a unos escasos metros está esperándote tu amiga del País Vasco, a la cual sólo tienes la oportunidad de encontrarte con ella sólo durante el verano. Que mañana regresa un gran amigo, Codina. Que tarde o temprano Sisco aparecerá con el coche de su padre por tu calle para decirte que te bajes. Y quien sabe, quizás mañana o dentro de un par de días recibas un sms de tu primer amor, Nuria, diciéndote que va a verte.

Leire, es una chica que vive en un pueblo del País Vasco. Preciosa e independiente como ella sola. A ella le da igual que vayas a verla a propósito, que ella va a su bola, que no te avisa para nada, que tienes que andar tú detrás de ella. Pues fui para su casa que sabía que estaba esperándome para volver a vernos tras un año de una escasa comunicación telefónica. Unos besos, unos minutos de conversación y te das cuenta que su frialdad y su independencia hacen mella cuando ves que eres tú solo quien mantiene la conversación. Sí, allí estaba yo, haciendo un monólogo y en donde ella no intervenía para nada. Se notaba que algo no funcionaba o, simplemente, ella lo achacó a que no se encontraba de muy buen humor. Pues parece ser que ese “buen humor” lo arrastró durante los días que pasó conmigo. Para romper mi monólogo de esa tarde-noche, ella soltó por su boca una frase: Vamos a hacernos un porro. Yo acepté. Entre calada y calada ella se fue animando a hablar, lo cual agradecí. En cuanto tiramos la colilla ella marchó hacia su casa a cenar. Me dijo que si quería tomar con ella algo esa noche. Yo acepté. Sabía que me exponía a otra noche de monólogos míos, pero que iba a hacer si no… mis amigos llegaban al día siguiente a Santa Pola y no me iba a quedar amargado en mi casa. La noche fue como yo vaticinaba en las anteriores líneas. Ella bebía un batido y yo con mi cerveza en la mano hablando. Sinceramente, mis temas ya eran de los más absurdo pero es que ella en ningún momento se prestó a que la cosa fuera a mejor. Sí compañeros y amigos del Club, éramos una fiesta continua. Pocas noches quedé con ella. Es más, quizás me halla pasado pero todavía estoy esperando un sms de ella para quedar a tomar algo y decirle que NO porque ya estoy en Albacete. Este fue un gran palo para mí, me di cuenta que mi amiga y yo no nos aportábamos nada en absoluto.

El segundo día, fue sin duda, lo que podríamos definir como la DEVACLE. Llegó mi amigo Codina. Se pasaría solo en su casa toda la semana, es decir… “¡¡NO ESTÁN MIS PAAADRESS!!…” De nada sirvió. Constantemente nos invadía el silencio. Sólo interrumpíamos esos silencios que tarde tras tarde nos inundaba con “vamos a jugar una brisca”. Sí amigos, ahí estaba yo siendo testigo de cómo el paso del tiempo hace estragos en las amistades. Estábamos nosotros solos todas las tardes y todas las noches. En esos momentos a uno le da por pensar, recordar y decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recuerdas que de pequeños hacíamos planes para cuando fuésemos mayores, cuando no hubiera nadie en nuestras casas, cuando tuviéramos un coche… y ves que todo lo que soñabas eran castillos en el aire. Para colmo, para hacer peor mi verano, Fidel Castro, el presidente de la República de Cuba es sometido a una operación y toda la gusanera de Miami y el imperio yanqui se frotan las manos ante la situación que pueden aprovechar. Por suerte y mientras escribo estas líneas, con o sin Fidel esa isla caribeña a la que tanto quiero sigue siendo Socialista. No tenía noticias sobre el resto de mis amigos. Ni tan siquiera un “no voy a poder ir”. Al ver tal panorama me puse en contacto con unos camaradas de los Colectivos de Jóvenes Comunistas y del PCPE y decidí quedar con ellos un par de días.

Pasaron los días, nunca me había dado cuenta de lo largo que pueden llegar a hacerse y te das cuenta de la cantidad de pensamientos que se pasan por tu mente. He utilizado este espacio del blog para desahogarme un poco porque no lo he pasado muy bien este verano, excepto si quitamos unos cuantos momentos. Se me ha pasado por la cabeza el no volver a regresar. No quiero estropear todo lo bueno que he vivido allí. Una calle llena de amigos, llena de ilusiones y lágrimas, de buenos y malos momentos… una calle la cual ahora no parece la misma, ya no se escuchan nuestras voces. Me intento engañar en creer que es el tiempo y el ritmo de nuestras vidas que ya nos impide reunirnos pero no me puedo llegar a creer como yo estando a casi dos horas de Santa Pola y otras personas estando a tan sólo media hora no hacen el esfuerzo de ir aunque sea unas horas.

Podría terminar el relato tal como lo comencé…. No sé si volveré para así no tener que regresar.

Jesús Molina