Amigos, Jose Alberto intentó colgar esto y le fue imposible. Yo estoy de exámenes en Murcia, donde ni siquiera ahora nieva, y pongo esto en uno de mis (merecidos) descansos que, como el periódico, duran 20 minutos. Ala, disfrutadlo, y que nadie haga partidismo de las opiniones aquí vertidas, no sea que acabemos pareciendo la COPE. Que nadie haga del mero entretenimiento un dogma de fe. Y que llegue pronto el día de Zaragoza, donde quizá nieve (no como en Murcia). Bueno, os dejo con Jose Alberto y la historia de sus negaciones hechas verbo. POngo la foto de federico porque no tengo otra más a mano. Qué gran hombre del periodismo. Y que ganado se tiene el cielo.

"Parece que el relato de nuestro amigo Jesús ha traído cola. Es difícil, si no casi imposible, llevar la razón cuando hay sentimientos o meros impulsos de por medio. Cada uno los interpreta o los lleva a cabo a su manera.

Yo tuve una infancia prometedora, mi primer “no” lo tuve que decir a los 6 años de edad, en primero de E.G.B. Mi enamorada era Elena, muy guapa, morena, con buen tipo y cambiaba de ropa casi tanto como de mochila. De ahí deduje que tal vez en el futuro fuera amante de los bolsos y ciertos otros complementos. Dejando al margen tal comentario superfluo, un día a la salida de clase me abordó y me miró con unos ojillos que parecían reverberar. “Me gustas, José” –musitó. El invierno estaba muy avanzado ya en el calendario pero estable en su rigor climático, con los consiguientes resfriados y sinusitis a las cuales Elena parecía estar abonada. Yo era un chico introvertido y retraído, poco o nada hablador, así que me quedé mirándola en silencio mientras un moco le resbalaba por las fosas nasales, asomando y precipitándose cadenciosamente por uno de sus orificios. “¿Yo te gusto?”-inquirió de nuevo, ahora bajando la mirada y con un tono de voz apenas audible siquiera con trompetilla. Seguí contemplándola por unos segundos más y me fui apresurado sin saber qué decir, quién sabe si atribuyendo ese pregunta a mi sincera admiradora o al moco que parecía ofrecerme tras haberse hurgado la nariz.

Luego tuve muchos años de sequía que aceptaba con cierta indiferencia, ya que solamente me atraían los videojuegos, las novelas de los Cinco y los Hollister, películas de artes marciales y desastrosos experimentos con sales y levadura en el cuarto de baño. Así llegué hasta los 14 años, cuando por fin me animé a escribir una carta de amor a Teresa. Teresa Olona, nunca olvidaré ese nombre… Me enamoré de ella cuando la vi tocar el acordeón en la promoción de octavo de básica, era un año mayor que yo y además de guapa era muy inteligente. Supongo que lo suficiente como para dejar leer esa pueril y platónica carta a toda su clase… para que ellos también coincidieran en que numerar los versos de un poema de amor y perfumarlo con colonia Chispas no se ceñía a ortodoxia alguna.

También a los 14 años de edad nos metíamos con Sandra, una chica un tanto rechoncha pero bien tetuda, camino de casa a la hora de la comida. Lo curioso es que a fuerza de llamarle tetuda trabé cierta amistad con ella y sus amigas, a quienes invitábamos a patinar en el patio interior de casa de mis abuelos. Era un corredor enorme, de casi 100 metros, y corríamos hasta el final del mismo para deslizarnos sobre nuestras rodillas o tirarnos en plancha. Fue en esa época cuando tuve mi primera fantasía sexual: correr detrás de Sandra y caer en plancha sobre su exacerbado busto. Sin embargo uno de mis amigos estropeó aquella curiosa amistad al llamar plana a una de sus amigas, cuando descubrió en uno de los lances que usaba medias para rellenarse el sostén. A partir de entonces los encuentros se tornaron en desencuentros: mis amigos increpaban a la plana, ella y sus amigas nos amenazaban con reventarnos la cara a ostias y Sandra y yo callábamos. Luego pusieron portero físico en aquel largo corredor y toda posibilidad de patinar se esfumó. Eso y mi falta de imaginación, eso y la falta de iniciativa de Sandra, eso y comenzar a regresar a casa por la avenida opuesta, en fin, sumieron la relación en el más crudo olvido.

A continuación pasaron varios años en que recibí numerosas negativas, las cuales aumentaron exponencialmente cuando salía por la noche. Por la noche… por decir algo, ya que hasta que cumplí 18 mi hora de llegada eran las 11 y media. Recuerdo una anécdota en concreto, cuando al poco de haber cumplido la mayoría de edad un grupo de chicas en un bar me pidieron rollo de parte de su amiga, cuyo nombre no recuerdo. Sólo sé que físicamente no me atraía, aunque eso no quiere decir que fuera una ballena; siquiera porque la familia de los cetáceos presenta una rica diversidad. Yo simplemente le dije que no, que no me apetecía enrollarme con ella… y el cabreo que se agarró fue de escándalo. Tuve que escudarme tras una columna porque la manera en que sujetaba su tubo de cerveza y el cómo la espuma se agitaba y aumentaba de volumen resultaban amenazantes. Fue allí cuando me planteé el gran dilema, provocar enojo en alguien por simplemente decir que no; es más, suscitar más interés en alguien por este “hacerse de rogar”, si queremos así llamarlo. Realmente ninguna de las chicas que de verdad me habían gustado correspondieron mi interés cuando yo lo mostré de modo manifiesto o demasiado claro.

Siguió pasando el tiempo y tuve mis épocas de entrarle a todo lo que se movía, ese llamado y quizá malinterpretado“amor a granel”. Porque, la verdad sea dicha, y después de la parafernalia, verborrea e histrionismo pre-coito al que forzosamente hube de acostumbrarme casi siempre que le entraba a una mujer latina, cuando no estás enamorado y sales de fiesta te apetece divertirte y también echar un polvo. Fue a partir de los 20 años cuando empecé a tirarle los trastos a extranjeras y la diferencia resultaba abismal. Contadas fueron las compatriotas excepciones que no me obligaron a tener que experimentar con otras latitudes sexualmente más desarrolladas –esencialmente Europa del Este y Escandinavia- todo ese tipo de placeres que si no me iba de putas jamás disfrutaría. Y volviendo al tópico de la negativa y reticencia: basta que te priven de algo para que lo eches de menos o tengas ganas de probarlo.

Sobre la consideración de la mujer como un elemento en serie dentro del ismaelperezromeriano proceso de “cuidadosa selección” opino que es esa misma selección la que marca las diferencias, por cómo seamos cada uno o por cómo nos perciban los demás. Selección natural en el reino animal, en una entrevista de trabajo, en una etapa de montaña, en tantas y tantas facetas de la vida. Una curiosa mezcla de hormonas disparadas, altruismo carnal y quizá algo de alcohol me conduce a ese pelotón indiferenciado, a esa masa, a esa producción en serie, cuando no hago selección alguna. Aunque tampoco me arrepiento, ya que siempre sigo mis instintos.

El sexo es y seguirá siendo considerado un tema tabú en esta sociedad donde vivimos, seguirán tachándonos de superficiales a aquellos que queramos follar y dormir solos y felices, y no de honestos cuando lo somos y de ello dejamos constancia. Seguirán tachándonos de resentidos a los que demos una negativa a una mujer, antes que de selectivos. El amor o la pasión -si nos detenemos en nominalismos- es necesario en esta vida, bien sea para toda ella, para una parte de la misma o para un simple desahogo. Creo que al menos en esta cultura latina que nos vio nacer casi siempre es el hombre el que tiene que dar el primer paso, o al menos el que más tiene que aplicarse en el archiconocido proceso de “pico y pala”. Por otra parte, también salvo contadas excepciones, las chicas bastante tienen con aguantar nuestro asedio más o menos convencional y escoger o rechazar. Este hecho me remonta a la vieja metáfora de “las mujeres son como las becas: cuantas más pidas mejor, que igual te dan alguna”. Sin embargo yo siempre he considerado que la mayoría de mujeres están ya becadas y esas negativas no radican tanto en su crueldad como en su exigencia, alejada de conformismos.

Eso sí, la inmensa mayoría de rechazos que he padecido han estado provocados por un evidente y pasmoso grado de estrechez. Hasta que sexualmente emigré hacia otras culturas donde el sexo oral y anal, la no eternización del arduo proceso “te entro-te la meto” y el ser buenos amigos y follar de vez en cuando sin estar enamorados no planteaban tabúes ni dilemas de índole socio-moral.

Pero creo que estoy tratando de abarcar demasiado en este comentario y eso implica el riesgo de generalizar y desdibujar los puntos ya esbozados. Con respecto a la decisión de Jesús, desde fuera parece ser vista como otro flagrante caso de estrechez, paradójicamente masculina. Que la chica no te guste, vale; que sea muy directa y no te encienda, vale; pero decir que no por ver qué siente, decir que no por no ser segundo plato… Yo creo que en la vida hay que plantearse menos dilemas y hacer lo que de verdad nos apetezca y cuando nos apetezca.

En toda relación entre dos personas, sea del tipo que sea, la libertad del uno termina donde la nariz del otro comienza. Si pensamos demasiado la vida pasa de largo… ya pasó con aquel pintor del Libro de Buen Amor, con aquel don Pitas Payas…, a cuya voluptuosa mujer no creo que hubieran rechazado, en un momento de frenesí, sus esporádicos amantes, por sentirse segundos platos. Si una chica te gusta, no importan el esfuerzo y la paciencia, todo sucede en armonía porque nos gusta nuestro trabajo. Pero si sólo queremos que un éxodo de esperma invada cierto conducto vaginal y nos haga olvidar el resto del mundo y sus problemas por unos instantes, toda pantomima y todo despliegue de hipocresía con fines carnales nos hace odiarlo por completo. Una insinuación como la que padeciste me hubiera pillado por sorpresa, aunque sopesando los fines, mi apetito e inocuas consecuencias, me la hubiera tirado".

Jose Alberto, Poeta