Aquí va un relato conocido del poeta, verídico hasta la médula. creo recordar que la frase que lo cierra es mía. Bueno, y un tema social, que recoge la fotografía. es el testimonio gráfico de la agonía que sufrió Galicia en las inundaciones. Pedro, Ismael y el que esto escribe estuvieron en 2003 a limpiar las playas del célebre Prestige. Propongo volver, movido por el pánico que hay en sus rostros, la angustia de sus miradas. 
TRES CANTOS PARA DÉVORA
Y yo me preguntaba por qué llevaba esas gafas tan absurdas si no hacía sol en la pista de baile. “Quizá sea epiléptica”- pensé. Pero no: era de Venezuela.
- ¿Tú y yo nos conocemos? –inquirió.
- No.
- ¿Y cómo que me miras así?
- Adoro las imitaciones en plástico.
Hizo ademán de sonreír, aunque al final me dedicó más el ademán que
la propia sonrisa. Deslizóse la montura Gucci por su tobogán nasal y me miró de arriba abajo y de derecha a izquierda, quizá esto último para cerciorarse de mi simetría corporal. Me besó en los labios sin ambages y se presentó.
- Soy Dévora.
- Yo Giuseppe.
- Invítame a una copa.
- Lo siento, he de irme ya.
Anotó su teléfono en un trozo de papel y volvió a besarme, exactamente del mismo modo que si le hubiera invitado a tomar algo. Hice bien en no acceder a sus caprichos: las negativas provocan fracasos; los empirismos, sólo desembolsos. Pero a la mañana siguiente no pude resistir la curiosidad y llamé.
- ¿Alló?
- Hola Dévora, soy Giuseppe.
- ¿Qué Giuseppe?
- El ingrato.
- Ah, sí. Acabo de levantarme. ¿Qué tal?
- Bien. ¿Cuándo nos vemos?
- Por la noche. Tengo que tomar un baño de espuma antes de trabajar.
Aquello sonó un tanto excéntrico, casi tanto como una carta pastoral. Fue a la segunda llamada cuando me dio la dirección y nos citamos. “A medianoche en el 19 de Espoz y Mina”. Tomé una cantidad respetable de dinero y una no menos desdeñable de profilácticos antes de salir de casa. El goteo era intermitente y las gárgolas, desabridas y jocosas, orinaban desde las cornisas. Cuando llegué no me esperaba nadie. Hostal Puri. Giuseppe y su paraguas. Al cabo de quinientos segundos apareció ella. Para ella no eran ni diez minutos de retraso, así que no se disculpó.
- ¿Adónde vamos, papi? –preguntó.
- A mi casa.
- ¿Dónde vives?
- A cinco minutos de aquí.
- Mira... pero no puedo. Tengo que regresar dentro de una hora.
- Hay tiempo.
- Mejor entra. Aquí fuera nos estamos mojando.
Olía muy bien toda ella y su ombligo me miraba con impúdico descaro. Su piel, de bronceado uniforme cual estepa en Ulan Bator, era muy suave y carecía de vello. Sus pechos opulentos estaban atrincherados en el profundo escote de un top violáceo. Miré sus ojos almendrados y analicé la situación, los pros y contras (la contra- reloj y la pro- miscuidad) en todo aquello.
- ¿Vives aquí? –inquirí
- Sí.
- ¿Por qué no subimos a tu casa?
- No puedo, vivo en el hostal.
- ¿Estás de vacaciones?
- No, llevo dos años aquí.
Asumida la derrota, entretanto, tomamos asiento en el quicio del elevador de minusválidos. Afuera seguía lloviendo.
- Amor, he de irme ya –dijo Dévora, resuelta.
- ¿Ya?
- Sí. Tengo trabajo.
- Pero... ¿dónde trabajas?
- Hoy trabajo en Tres Cantos.
Por las horas que eran, las prisas del furtivo encuentro y su voluptuoso físico, por un momento dudé si trabajaba allí o si ocuparse de tres cantos era su verdadero trabajo.
- ¿Tanto te urge, cielo?-inquirió
- Créeme: sí.
- Entonces sácatela.
Su frase fue un clarísimo ejemplo de estímulo- respuesta. El hall de entrada no confería excesiva privacidad, así que abrí mi paraguas para crear una atmósfera íntima y acogedora mientras ella se afanaba en su labor. La mala suerte hizo que alguien entrara en el portal casi al instante. Una pareja americana: el hombre admirando la longitud de las piernas que asomaban por debajo del paraguas y la mujer preguntándose por qué la cabeza no asomaba por encima.
A Dévora le dije lo mismo pero sin acento, aunque no me hizo caso. Levantó la cabeza y zanjó cualquier intriga.
- Me voy ya –dijo.
Lástima que yo no pudiera “irme”. Plegué el paraguas y pensé usar la funda para tapar otra cosa.
- ¿Y qué hago yo? –le pregunté.
- Puedes acompañarme... O no. Mejor espérame.
- ¿Y qué se te ha perdido en Tres Cantos? ¿Cuándo regresas?
- Eso no depende de mí, cariño: soy puta.
Me sentí insignificante, como la y en Espoz y Mina. La situación no era bochornosa sino más bien esperpéntica: yo corriendo tras ella, enarbolando un paraguas maltrecho en medio de aquel frío. Mi zapato naufragó en un profundo charco por una zancada a destiempo. El chof chof me chafó del todo. Dévora alzó su brazo izquierdo y los taxis peleaban por llegar en primer lugar hasta ella. Mientras tanto, me sentí incapaz de surfear aquella ola lateral que me caló del todo. Con la puerta entornada y la mirada perversa, me dedicó sus últimas palabras de la noche.
- Llámame en una hora si quieres. Habré terminado.
Pero ni eso me duró la fe. Así que volví sobre mis pasos, ya hacia casa, derrotado. Y dije lo que se suele decir en estos casos: zorrón y cuenta nueva.
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