José Alberto me llamó anoche, y entre miles de risas, me advirtió de un comentario en el blog que volvía a ser una historia de las suyas. O sea, de verdad, ciertea y real como la vida misma. Aquí va el primer capítulo, hay varios, y los iré poniendo poco a poco. Por cierto, antes de que paséis a leer el comienzo de la leyenda, aquí incluyo una imagen que me envió nuestra amiga Cleire (o Cleaire). es un grupo francés que nos ha pedido que les cedamos el nombre. No sé, a mi me parece que cuando tengamos cincuenta años también tendremos esas pintas.


La leyenda del Cleptochef, parte primera:

LA PRESENTACIÓN
“Hola. Trafico con víveres de primera calidad. Te vendo salmón ahumado a 100 coronas, frutti di mare a 75, solomillo y scampi al mismo precio, queso brié a 50. No, nada por debajo de ese precio. Claro que hay otras muchas cosas disponibles, pero sólo ofrezco la mejor proporción plusvalía-espacio. Recuerda que sólo llevo una mochila”
Algunos de vosotros me conocéis, seguramente la mayoría. Omitiré nombres y apellidos, pero mi nombre de guerra es cleptochef. Cómo llegué a estos estribos es todo un misterio. No tuvo la culpa la sociedad, tampoco mis estudios, ni siquiera las mujeres. Es todo cuestión de aplicar el "vini,vidi,vinci" a la necesidad de ahorrar dinero, al gusto por los manjares y a la ausencia de cámaras en ciertos recovecos del edificio. Para más inri el vigilante, quien pasa las horas muertas chateando, tiene buen trato conmigo.
Hace 3 meses y 5 días que aterricé en la isla de Sjaelland, frente a las costas de Suecia, con la única intención de ahorrar dinero, beber cerveza y follar con rubias auténticas. Transcurrido este tiempo algo no funciona en esta tríada y, por desgracia, no se trata de alcohol ni emolumentos.
Mi plan "a" era vivir con dos amigos que venían a trabajar al mismo restaurante, en la calle más turística de la ciudad, llena de casas de colores y barcos veleros reconvertidos en bares flotantes, llamada Nyhavn. Pero pronto ese plan fracasó porque encontrar un piso libre en esta plácida urbe es más complicado que no ser mileurista en algún lugar de La Mancha.
Al final compartí cuarto con uno de ellos en una residencia llamada Keops. Un día yo dormía en el suelo y él en la cama, nos íbamos turnando. El verano pintaba bien: calor, buenas propinas y dos mujeres en el casillero en apenas 10 días. Pero luego todo cambió, la lluvia inundó las calles, aguó mis ilusiones y me hizo aceptar in extremis una oferta para dejar el restaurante e irme a trabajar a un hotel. Ni más ni menos que de chef.