LO PEOR

Pero lo peor son los cumpleaños. Yo empecé a trabajar el 25 de junio y cuando me preguntaron por el mío acerté a decir el 24 de junio, para que ese día tardara en llegar. Los desgraciados se dedican a colgar una foto del sujeto sonriente, con una decoración horrible a base de powerpoint, con frases estúpidas del tipo "bebe por nosotros, nunca dejes de llenarnos con tu buen humor, que la llama de tu sonrisa nunca se apague" y mariconadas por el estilo. En fin, yo perdí mi fe en esos papeles el día en que Benjamin, el técnico, cumplía años. Exactamente aquel día la empresa rescindió su contrato porque no había superado el período de prueba. “Fucking Marriott”, fueron sus únicas declaraciones.
EL MODUS OPERANDI
Mi horario quedó fijado de antemano: no más de 160 horas al mes, divididas en 37’5 a la semana. Éramos dos chefs los que preparábamos el desayuno, uno entraba a las 4 y otro a las 6 de la mañana, a días alternos. Sin acertar a explicarme el porqué de todo aquello, lo cierto es que 25 de los últimos 32 días de trabajo había entrado yo a las 4 y empezaba a estar algo quemado. Además, cuando entras a trabajar tan pronto terminas aburriéndote y curioseándolo todo. En cosa de una semana me sabía de memoria la lista de productos almacenados en la cámara refrigeradora, e incluso su fecha de caducidad. Sabía más que el encargado de firmar albaranes. Y no tardé en darme cuenta de su incompetencia, ya que todos los días teníamos o demasiada comida o nos faltaba algo indispensable, o se equivocaban al hacer los pedidos y nos llegaban 2500 panecillos –mejor no tratéis de imaginar lo que ocupan- en vez de 250, o servían miel que caducó hace año y medio, o errores por el estilo.
Primero empecé con la fruta y con el jabón. Siempre era de los últimos en comer, justo antes de que la cantina cerrara sus puertas. Cogía un kilo de fruta cada día, fruta para los empleados, pero que casi nadie comía. Luego, una vez en el vestuario, reparé en una caja de cartón con envases individuales de gel, champú y lociones hidratantes del tipo “aromaterapia”. Lo malo es que los envases son de tamaño tan reducido que no puedo comerciar con ellos. En teoría están ahí para que quienes quieran tomar una ducha los utilicen. Yo he cogido tantos como tantas duchas pudiera darme el próximo medio año. De hecho, a la semana de empezar a saquear la caja de geles y productos cosméticos para el empleado, mi única meta era conseguir nuevos formatos y olores. Al final la colección ha quedado estancada en 8 champús, 4 geles y 3 lociones hidratantes. Miré también el sitio web de la compañía que los suministraba y tengo todo lo ofertado en el catálogo. Para que luego digan que los hombres no cuidamos nuestro aspecto.
Y en fin, la comida no tardó en llegar. Primero fue para el consumo propio y luego para el libre comercio. Mi momento álgido no tardó en llegar, con 3 clientes de gustos individualizados. Uno era un enamorado de los quesos, otro de los arenques y otro de las carnes. Así llevo 3 semanas, ahorrando suficiente para mi supervivencia en esta fría ciudad. El señor Azzedine está muy contento conmigo y no quiere que me vaya del hotel. Realmente he sido la única persona que no les ha fallado, que siempre ha llegado a la hora, que siempre ha aceptado los cambios de horario o de sistema. Lo gracioso de todo esto es que el señor Azzedine me ha propuesto elaborar un menú de tapas y yo preparo tapas en mi casa, la mayoría inventadas, con la comida que sustraigo del almacén. En fin, que parezco el Solitario ingresando su botín en el banco que roba.
Acabo de releer todo lo escrito y esto no es leyenda ni hostias. Simplemente es una forma de dinero negro, una manera de aprovecharme del sistema. Intento imitar la filosofía Carpantiana, ya que sus viñetas mostraban cómo el hambre aguza el ingenio. Aquí no se trata tanto de hambre de víveres como de hambre de dinero. Porque hace poco me vino una gran idea a la cabeza, un plan de futuro, que espero llevar a cabo dentro de poco. He encontrado el paraíso. Se llama Sunny Beach y está en el Mar Negro.