El burdel de la letra pequeña

Varsovia es una ciudad donde con dinero puedes hacer lo que quieras. Desde pilotar tanques soviéticos en las amplias masas boscosas que rodean la urbe hasta salir de fiesta con el taxista apenas éste haya bajado la bandera; pasando, por supuesto, por irte de putas de todo precio, calaña y rango de edad. La diferencia con otras ciudades propensas al vicio es que aquí quizá no se vislumbra, pero al menos se huele. Sería la diferencia entre lo lógico o el factor sorpresa. Todos sabemos, por ejemplo, lo que podemos hacer en el barrio rojo de Amsterdam, o por qué hay ciertos anuncios personales con foto explícita en la mayoría de cabinas telefónicas del londinense barrio de Soho. Sin embargo, cuando encontramos esos papeles por la calle, inocentemente dispersos cada cierta distancia, nos sentimos como Hansel y Gretel en busca de la casa de chocolate.

Tras la primera de mis tres noches en la gran urbe de bloques de oficinas, pasajes subterráneos y policías bordes, abandoné Nathan Hostel al filo de mediodía, rumbo al centro. Me había levantado con una sensación agridulce, lo agrio por no haberme podido ir de putas y lo dulce por haberme ahorrado ese dinero. Una cosa que me sorprende de Polonia es que no hay negros, y no sé por qué. Honestamente, llegué a pensar que el único negro a quien los polacos conocen es al rey Baltasar.

Deambulando por unas calles secundarias, paralelas a la gran avenida de Jerozolimskie, reparé en esos papelitos arrojados sobre el pavimento a intervalos exactos. Fue a la tercera de las calles que enfilé cuando intuí que esa propaganda era más una sutil llamada que un alegato de suciedad. El papel estaba justo en mitad del paso de peatones, marcado por las ruedas de los vehículos y ya algo ennegrecido. Era un folleto desplegable con fotos y teléfonos de putas. Miré mi reloj y las agujas marcaban la una y media, me quedaban dos horas libres y todavía tenía que comer y beber algo para madurar mi decisión. Apenas abandoné el restaurante decidí llamar e indagar por los precios. 150 zlotych, una hora, me respondió una voz solemne; la voz de una madame que te ofrece algo irrechazable, a cinco minutos andando, al lado de la estación, servido en bandeja de plata. Además, aquella tarifa era la mitad que la de la noche anterior, cuando mis ganas se vieron truncadas a causa de problemas con la tarjeta. Y me encaminé al burdel con la falsa ilusión de quien cree estar, indirectamente, ahorrando dinero.

Al Jerozolimskie 99, apartamento 1. El corazón me latía fuerte a pesar de saber que iba a follar seguro. Sería la emoción de poder elegir, ya que así como las mujeres a menudo lo hacen, a los hombres nos suele tocar conformarnos con lo que nos toca.

Torre de la radio de Varsovia y dos imágenes publicitarias

Una vez llegué al portal vi a una prostituta a pie de calle, una prostituta cuya apariencia nada tenía que ver con las pomposas siluetas del folleto. O era la puta número cinco, o nada tenía que ver con Kaja, Martyna, Laura o Kasia. Continué caminando calle abajo, ya que la mujer me había echado ya un ojo encima y yo quería entrar en el inmueble de una manera políticamente correcta, eludiendo tener que dar explicaciones. A nadie nos gusta que nos llamen feo o fea a la cara, aunque seamos cenicientas de saldo y esquina y dependamos de los gustos del cliente.

Lo peor de los pisos en Polonia es su sistema de numeración. Allí no hay plantas sino número de apartamento. Así pues, es fácil deducir que el apartamento 1 quede ubicado en el entresuelo o la primera planta a lo sumo, pero cuando el número se complica y llega a cotas mayores los tramos de escaleras a subir son toda una incógnita. Al problema de la ubicación había que sumar el de cómo abrir la puerta, cómo llamar al timbre delante de la puta sin parecer un putero. Pero, en esto que me las ingeniaba en cómo disimular ante la puerta, llegó un albañil cuarentón estirado y escuálido, con las manos aún enyesadas, tratando de aprovechar al máximo su pausa del bocadillo. Intercambió dos frases con aquella antagonista de Afrodita, ella sacó unas llaves y le hizo seguir sus pasos. Yo hice lo propio, a escasos metros de la pareja.

Las dos caras de la solvencia o “Afrodita y su antítesis”

El portón daba acceso a un amplio patio interior con diferentes bloques. Nos encaminamos al bloque número 4 y allí la puta se detuvo. Miró al albañil, luego me miró a mí y se quedó en silencio. Parecía pedirme que pusiera remedio a su sino, sin duda se notaba que no sentía atracción por el obrero. El hombre me contempló con indiferencia mientras echaba mano al bolsillo de su pantalón. Pagó la tarifa a la fulana, abrazó toscamente su cintura y desaparecieron tras los goznes. Yo di media vuelta e inspeccioné el patio. No había más putas a la vista. Llegué al primero de los bloques y deduje que el apartamento 1 debiera encontrarse allí. En el entresuelo del bloque, a mano izquierda, un pequeño panel iluminado por una tenue luz roja me hizo pensar que había dado con el enclave. Llamé al timbre y escuché el rítmico compás de unos zapatos de tacón aproximándose hacia la puerta. Los pasos se detuvieron súbitamente, seguramente para inspeccionar mi apariencia a través de la mirilla. Al cabo de unos diez segundos, al fin, una mujer vestida con pantalón vaquero y sujetador negro de encaje entreabrió la puerta y me invitó a pasar, esbozando una sonrisa. Me condujo a una sala de espera que había al comienzo del pasillo y cerró la puerta. Y allí me quedé, frente a un televisor apagado, hundido en el asiento de un confortable sofá de cuero de dos plazas, apoyado en mi macuto, esperando a que las mujeres en liza hicieran acto de presencia.

Alegoría de la doble moral

Pasaron 5 minutos hasta que la misma mujer que me recibió abrió de nuevo la puerta. Y fueron entrando, de una en una, 5 prostitutas de todo tamaño y apariencia. Había una rubia auténtica pero sin encanto, otra güera teñida con exceso de maquillaje, una morena enjuta, una pelirroja inexpresiva y otra morena un tanto rolliza, de elevado talle, que completaba el quinteto. Las miré de una en una mientras ellas sonreían, me desafiaban con la mirada o actuaban del modo en que ellas juzgaran que yo me pondría cachondo o daría mi visto bueno. Disfruté de una extraña y a la vez denigrante sensación de poder. Porque, realmente, multitud de dudas me acechaban. ¿Se sentiría decepcionada o satisfecha la elegida? ¿Sentiría solamente atracción por el dinero o quizá también por mi físico? Tampoco podía preguntarles porque más de una no sería honesta y yo no me percataría de ello.

Opté por la última de todas porque sus tetas eran grandes y bajo el sostén se intuía firmeza. Me cogió de la mano y me llevó a otra habitación mientras las otras cuatro compañeras desaparecieron en dirección opuesta.

El cuarto era limpio y estaba iluminado por aquella omnipresente y tenue luz roja. Me dio la mano para presentarse y el gesto me pareció cómico, ya que dentro de dos minutos estaría agarrando cualquier otra cosa. Fue una presentación muy artificial, ciertamente protocolaria, sin pasión alguna. Se llamaba Mariana y era de Polonia. Cuando me descalcé ella me ofreció algo de beber. Pedí solamente un vaso de agua, temeroso de que la bebida no estuviera incluida en la tarifa acordada. Cuando vino con el vaso de agua me dio también una toalla, me dijo que tomara una ducha y le pagase 150 zlotych. Eché mano a mi bolsillo y le di dos billetes, importe exacto. Ella sonrió y me dijo que no se demoraría más de 5 minutos.

Una vez bajo el chorro de agua caliente, me tranquilicé un poco. Pese a que empezaba a sentirme excitado, me consolaba pensar que en una hora daría tiempo a un doble asalto al menos. Fuera del baño se escuchaban ecos de voces animadas y más ruido de tacones, de una dirección a otra, caóticos como el movimiento de un electrón. Por un momento un vago temor me azoró, ya que mi equipaje estaba en la habitación de Mariana y no había cerrado la puerta con llave: ¿Era quizá lo de la ducha una excusa para entrar y robarme? Tampoco encontrarían gran cosa aparte de la cámara de fotos, pensé, ropa y más papelitos de esos que había encontrado por la calle. Esperé dos minutos a que goteara toda el agua de mi cuerpo y el vaho se disipara, antes de abrir la puerta de la cabina. Me sequé enérgicamente y me encaminé a la estancia de nuevo . Lo primero que hice fue echar un vistazo a mi mochila; ésta seguía en idéntica posición y las cremalleras no habían cambiado de posición, así que mis dudas se esfumaron al fin. Aún tuve tiempo de ajustar la alarma, ya que en 45 minutos tenía que estar en la estación de tren para recibir a Aga, ya más desfogado.

Al cabo de unos segundos Mariana abrió la puerta. Ahora que ya tenía el dinero en su poder ya no estaba tan habladora ni tan sonriente. Empezó a desnudarse y se tendió de espaldas sobre la cama, todavía con los zapatos puestos. Su piel era suave y tenía un bronceado artificial, de solárium. Un gran tatuaje ocupaba el tercio inferior de su espinazo, tenía otro más en su brazo derecho y un piercing brillante en el ombligo. No soy un amante de los tatuajes ni de los aros, así que la muchacha perdió gran parte del encanto al cual, pese a ser puta, parecía apuntar a primera vista.

Alcanzado el corazón, el amor nace por sí solo

-MARIANA: ¿Quieres que te la chupe con condón o sin condón?

POETA: Sin condón.

-MARIANA: De acuerdo cariño. Son 50 zlotych más.

-POETA: Entonces hazlo con. ¿Dónde puedo terminar?

-MARIANA: En mi cuerpo son 50, en mi cara 100, en mi boca 150 más.

-POETA: ¿Aparte de…?

-MARIANA: Sí.

Aquello me enfrió bastante. Sin embargo ella se encargó de ponerme a tono de nuevo. Me colocó el condón con la boca con una facilidad pasmosa. Normal, con tantas horas de práctica. Yo no podía evitar manosear su generoso y firme pecho. Ella se detuvo y, sin tener del todo vacía la boca, acertó a decirme “hazlo suave”. Su rostro era serio, no quise desconcentrarla y la dejé afanarse en su labor por unos segundos más. Era demasiado profesional y tuve que mandarle parar porque estaba a punto de venirme. En esto sacó un tubo de vaselina y empezó a untar en condón. A continuación se sentó sobre aquella mi lamprea y empezó a cabalgarme con movimientos mecánicos, en una sesión que parecía más de bricolaje que de sexo. Sus jadeos eran fingidos y lo único que parecía mirarme fijamente a los ojos era el vaivén de sus pezones.

Llega el momento de la publicidad. “Si quiere que su canasta no toque aro, úntese esto y entrará como un disparo”

Terminé en menos de tres minutos. Partido con goles pero sin espectáculo. Si hubiera dividido el precio del servicio por la duración del mismo, está claro que en dos horas a ese ritmo hubiera catapultado a Mariana a la alta sociedad por sus ingresos. Aquello de una hora era completamente falso. Era letra pequeña. La publicidad sexual es engañosa, ya que no ofrece lo que esperamos recibir, sino que limita lo máximo a lo que podemos aspirar si no metemos la pata. Qué rápido has sido, me dijo Mariana. Yo me limité a asentir con un ligero movimiento de testa, ya que la vergüenza y el ardor, aunque más bien lo primero, me impedían articular palabra. Volvió a darme la mano y salió de la habitación. Y allí me quedé yo, aún desnudo, mirando al techo como un subnormal y con la sensación de haber sobrevalorado el que, dicen, es el oficio con más antigüedad sobre la faz de la tierra.