Por fin vimos al tío Bob Dylan. Fue anoche, en la capital conquense, y con nosotros estaban otras 5.000 almas venidas desde sus casas. Mi viaje fue compartido con el señor Alberto Motilla, amigo de la facultad y compañero de anteriores parrandas. Aquello quedó atrás. Ahora somos personas ocupadas que hablan de trabajo, de coches nuevos, de posibles hipotecas, del destino de otros compañeros de facultad. De todo, menos de mujeres, porque hablar de esa cuestión nos cambia el ánimo. El señor Roberto Zimmerman tampoco quiere hablar ya de ciertas cosas. La suya es una carrera desde la más tierna infancia hasta los actuales 67 años. Claro que no viene sólo. Se defiende con cinco jabatos curtidos en muchas batallas al pie del escenario. Los señores Garnier, Kimball, Denny Freeman, Donnie Herron y George Recile son el entrono preferido de un ídolo con pies de barro que no saluda al público y apenas sí mira hacia adelante. En el concierto, la gloria. Temas del último disco que son más punkies que aquellos imberbes Ramones que tanto ruido hicieron. Pero la cosa empezó con los clásicos. Un Maggie`s Farm desconocido. Los primeros swings de altura, como Rollin and Tumblin. La mítica Tangled Up in Blue. Para entonces, con 10 o 12 cañas prendidas en la solapa con anterioridad, ya nos hemos dado cuenta que el señor Dylan toca delante de nosotros, con un sombrero a lo Juanito Valderrama y un traje dos tallas más grande. No importa. El señor de Duluth continúa mostrando que 67 años no son nada. Toca canciones compuestas 20 años antes de nacer un servidor. Con eso bastaría para que nos diera un infarto o un ataque de vértigo. Pero no, el tío Bob controla. Seguimos adelante con una canción irreconocible que resulta ser Just like a woman. Otro clásico, y otros temas del último disco, nunca lo suficientemente piropeado. También una versión hard metal de John Brown, la historia de un solado que va a la guerra y sólo aprende que "el miedo que ves en los ojos de tu enemigo es el mismo que él ve en los tuyos".
Lo mejor de la noche es que Bob sabe que tiene 67 años y no importa lo que hayas vivido, sino saber que lo has vivido. Por eso reinventa aquellas canciones que, sin él quererlo, lo pusieron delante de toda una generación. No era su sitio. Quizá su lugar sea este, el del eterno cantante ronco que aun tiene fuerzas para seguir tocando cada día en lugares ignotos para su bigote y su estilo honky tonk. En esas estamos cuando ataca Honest with Me, otra demostración de que sigue siendo el rey, aunque sea bajo y las piernas parezcan palillos. Es capaz de hacer un parón e interpretar When the Deal Goes Down, un medio tiempo cuyo videoclip protagonizara Scarlett Johanson. Ayer no estuvo ella, pero nos la imaginamos. Cuando parecía que la cosa se acababa llegó un momento cien por cien cardiaco: tocar Highway 61 Revisited a la velocidad del rayo, con la batería reventando y los guitarras gustándose. En medio de todo, el señor Bob se esfuerza por no errar el tiro con las voces, que no es poco.
El tridente final mezcla la historia, la de Zimmerman y la nuestra: Nettie Moore, quizá el mejor corte de Modern Times; Summer Days, la locura bluesera de Love and Theft; Masters of War, uno de los grandes himnos de cuando la guerra de Vietnam que se convierte en otra canción. Escéptico y descreído, a Dylan ya no le duele la cabeza por este mundo.- sabe que todo es inútil, que se va ir de esta tierra como vino y que todo está irremediablemente perdido.
Después del cierre la banda amaga con terminar, se va un momento a la escalera. Pero sabíamos que iba a volver. Siempre lo hace. Quedan dos temas, y la duda es si el último será Like a Rolling Stone o Blowin in the Wind. Lo cierto es que el primero será Thunder on the Mountain, el tema que abre Modern Times. Lo tocan como dos tiempos por encima de la canción de estudio, y suena fabuloso. Al final, y en el final, el señor Bob opta por Blowin in the wind. La deconstrucción de la canción es total, aunque la letra deja adivinar desde el principio qué canción es. Su último grito se mezcla con la eterna harmónica. Ya no suena folk, sino reposada y limpia. Fin del show. Nos vamos para fuera. En la puerta venden camisetas con la esfinge del señor Bob de cuando era joven. Ni una sola imagen del señor de 67 años que hemos dejado bajando del escenario. En el coche de nuevo, hablamos otra vez de pisos por comprar, de coches con un montón de caballos y las vacaciones rutinarias que nos quedan para el verano. Imaginamos que el señor Bob estará haciendo cuentas, calculadora en mano. A él le pasará también tener que ocuparse de sus hijos, de sus casas, de su jardín. Nos queda la pregunta de si nos dará la ocasión de volverle a ver. La respuesta está en el tiempo, desde luego.
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